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sábado, 14 de junio de 2008

Factores psicológicos intervinientes en la calidad de vida de personas en la etapa de la vejez


www.monografias.com

Factores psicológicos intervinientes
en la calidad de vida de personas en la etapa de la vejez



2. MARCO TEÓRICO
2.1 ANTECEDENTES
2.1.1 Históricos. Envejecer es la creciente incapacidad del cuerpo de una persona de mantenerse por sí solo y realizar las cosas que hacía antes. El resultado es que con el paso del tiempo aumenta la probabilidad de fallecimiento. Aunque esta definición describe el proceso biológico, no explica el porqué envejecen las personas. Las teorías del envejecimiento se refieren al proceso de envejecimiento primario, que implica los cambios graduales e inevitables relacionados con la edad que aparecen en todos los miembros de una especie. Este tipo de envejecimiento es normal y sucede a pesar de la salud, el estilo de vida activo y el carecer de enfermedades.
- La teoría psicosocial de Erikson. Cuando los adultos entran en una etapa final de la vida, dijo Erikson (citado por Papalia, 1997), su tarea consiste en contemplar su vida en conjunto y con coherencia. Necesitan aceptar su propia vida tal como la han vivido y creer que lo hicieron lo mejor posible en sus circunstancias. Si tienen éxito en esta tarea, habrán desarrollado la integridad del ego. La integridad del ego sólo puede obtenerse tras haber luchado contra la desesperación. Cuando ésta domina, la persona teme la muerte, y aunque pueda expresar desprecio por la vida, continúa anhelando la posibilidad de volver a vivirla. Cuando impera la integridad, la persona posee la fuerza propia de su edad, que es la sabiduría. Con la sabiduría el adulto sabe aceptar las limitaciones. El adulto sabio sabe cuándo aceptar el cambio y cuándo oponerse al mismo, cuándo sentarse en silencio y cuándo luchar.
El paso a la tercera edad no pone fin a la generatividad de una persona. A medida que la categoría de las personas mayores aumenta, Erikson predice que éstas permanecerán implicadas en los asuntos del mundo durante mucho más tiempo (Erikson y Hall, 1987). Contempla la tercera edad como un período más productivo y creativo que en el pasado –en el que un artista de 80 años, escritor o músico, ya no serán algo excepcional.
En su crisis final, integridad vs. desesperación, “Erikson considera que las personas de edad avanzada enfrentan una necesidad de aceptar su vida –la manera como han vivido- con el fin de aceptar su muerte próxima. Luchan por lograr un sentido de integridad, de coherencia y totalidad de la vida, en vez de dar vía a la desesperación sobre la incapacidad para volver a vivirla de manera diferente” .
De acuerdo con Erikson “Las personas que han tenido éxito en esta tarea integradora final construyendo sobre los resultados de las siete crisis previas, ganan un sentido más amplio del orden y del significado de sus vidas dentro de un ordenamiento social más grande, pasado, presente y futuro. La ‘virtud’ que se desarrolla durante esta etapa es la sabiduría, ‘un despreocupado e informado interés por la vida de cara a la muerte en sí misma’” ; incluye aceptar lo vivido, sin arrepentimientos importantes sobre lo que pudo haber sido diferente, implica aceptar a los padres como las personas que hicieron lo mejor que podía y por tanto merecen amor, aunque no fueran perfectos, aceptar la propia muerte como el fin inevitable de la vida.
Igualmente propone Erikson que las personas que no consiguen aceptar esto son desesperanzadas, porque ya no ven tiempo para reaccionar y enmendar aquello con lo que no están de acuerdo.
Según Erikson “la edad adulta tardía es también una época para jugar, para rescatar una cualidad infantil esencial para la creatividad. El tiempo para la procreación ha pasado, pero la creación puede tener lugar todavía. Aun a medida que las funciones del cuerpo se debilita y la energía sexual puede disminuir, las personas pueden disfrutar ‘una experiencia enriquecida, corporal y mentalmente’” .
- La teoría de Jung. Jung vio a las personas mayores cómo todavía se esforzaban para desarrollarse a sí mismos, dado que creía que raramente se alcanzaba una personalidad integrada. Dentro de cada persona veía fuerzas y tendencias en conflicto que necesitaban ser reconocidas y reconciliadas. Parte de este reconocimiento se refleja en la tendencia de cada género a expresar rasgos generalmente asociados con el otro sexo. Jung proponía que esta tendencia aparecía por primera vez en la mitad de la vida, y observó que la expresión del potencial de género que estaba oculto aumentaba en la tercera edad.
Durante la tercera edad, la expresión de los hombres de su feminidad y la de las mujeres de su masculinidad supone otro intento de reconciliar las tendencias en conflicto. Jung propuso que dentro de cada persona existía una orientación hacia el mundo exterior, que dominó extroversión, y una orientación hacia el interior, el mundo subjetivo, que llamó introversión. En la juventud y en gran parte de la mediana edad, las personas expresan su extroversión. Una vez que la familia ya ha salido adelante y la vida profesional ha llegado a su fin, hombres y mujeres se sienten libres para cultivar sus propias preocupaciones, reflexionar sobre sus valores y explorar su mundo interior. “Para una persona joven”, escribió Jung (1969), “es casi un pecado o al menos un peligro preocuparse por ella misma; pero para la persona que está envejeciendo, es un deber y una necesidad dedicar seria atención a sí misma”. Este cambio de orientación conduce a las personas mayores a desarrollar con paso firme la tendencia hacia la introversión.
- Pensamiento postformal de Jean Piaget. Piaget consideró que el elemento más importante del pensamiento eran las operaciones lógicas. No obstante, el pensamiento del adulto es flexible, abierto y puede adaptarse de muchas maneras que van más allá de la lógica abstracta, lo cual se remite –en ocasiones- al pensamiento postformal.
La madurez del pensamiento se refleja en la capacidad de combinar lo objetivo (elementos lógicos ó racionales) con lo subjetivo (elementos concretos o elementos basados en la experiencia personal). Esto ayuda a que las personas tengan en cuenta sus propias experiencias y sentimientos (Labouvie-Vief y Hakim Larson, 1.989). En este momento puede aflorar la sabiduría como pensamiento flexible que capacita a la personas para aceptar la inconsistencia, la contradicción, la imperfección y el compromiso, de manera que puedan resolver problemas de la vida real.
Esta madurez de pensamiento, o pensamiento postformal, se basa en la subjetividad y la intuición, así como en la lógica pura, característica del pensamiento en las operaciones formales. Los pensadores maduros personalizan su razonamiento y emplean la experiencia cuando tienen que enfrentarse a situaciones ambiguas.
El pensamiento postformal también se caracteriza por un desplazamiento de la polarización (correcto Vs. Incorrecto, lógica Vs. Emoción, mente Vs. Cuerpo) hacia una integración de conceptos .
2.1.2 Prácticos. Las investigaciones que se han realizado sobre la vejez en general en la ciudad de Medellín, en la Universidad Pontificia Bolivariana y en la Universidad San Buenaventura, incluyen temáticas, tales como:
- Las actitudes frente a la muerte en personas de la tercera edad
- Ideas Irracionales, locus de control y asertividad en personas de la tercera edad
- Sexualidad en la tercera edad
- Casos de depresión moderada en la tercera edad
La investigación realizada en el año 1.995, por Alexandra Meneses Zuluaga sobre “actitudes frente a la muerte en personas de la tercera edad”, pretende dar cuenta, la actitud que tienen las personas de la tercera edad frente a la muerte, dado que se asume “que a esa edad hay más cercanía a la muerte”. En muchos casos cuando muere un anciano se escuchan expresiones como: “ya era hora”, “había vivido muchos años”, “ se fue a descansar”.
Por otra parte, la investigación realizada en el año 1.995, por Clara Inés Ospina Flórez sobre “ideas irracionales, locus de control y asertividad en personas de la tercera edad de la ciudad de Medellín”, abordó las ideas irracionales, el locus de control y la asertividad que manejan las personas de la tercera edad. El objetivo general fue identificar dichas ideas, así como los niveles de asertividad tanto en oposición como en expresión de afecto, y el locus de control, ya fuera interno u externo. La investigación corresponde a un estudio descriptivo.
Otra investigación realizada en el año de 1.997, por Margarita María Ospina Mejía, sobre “propuesta de un programa de educación sexual para grupos de la tercera edad”, constituye un aporte teórico práctico en el campo de la sexualidad en la vejez, porque se basa en experiencias y estudios que ha estado realizando la investigadora a través de un trabajo continuado con el grupo de personas de la tercera edad, que funcionan en la comuna nororiental de Medellín (comuna 2), en los barrios Zamora, Pablo VI y la Frontera, donde se ha detectado cierta problemática a nivel sexual como negación de la sexualidad, poca aceptación de las crisis sexuales que se presentan en la edad madura, la baja autoestima, entre otros.
Otra investigación realizada en el año 2000, por Sofía Carolina Castrillón Gutierrez y Ana Lucía Montoya Silva, sobre un “estudio descriptivo de casos múltiples de los ancianos de la unidad de atención a la tercera edad que presentan depresión moderada con relación a su situación de institucionalización”, se introduce desde una aproximación teórica al estado emocional en relación con la institucionalización y al ocupación de los ancianos. Al introducirse en este tema se quiso realizar una interpretación del estilode vida y las implicaciones psicosociales de esta comunidad principalmente de aquellos ancianos que para el momento del estudio presentaban un cuadro de depresión moderada. A partir de esto, y de la discusión final de la investigación, se plantean unas recomendaciones y propuestas de acción que permitan enriquecer la calidad de vida del anciano institucionalizado y a su vez todos los procesos que faciliten este objetivo.
Por último, la investigación realizada por Olga Eugenia Castaño Valencia sobre “¿Cómo enriquecer la sexualidad en la vejez?”, aborda la sexualidad en la vejez en sus aspectos físicos, psicológicos y sociales, el comportamiento sexual, la importancia, los estereotipos, los mitos y los prejuicios en los que ha estado enmarcada, lo cual condicionado la vivencia de la sexualidad en esta etapa del desarrollo humano. Además pretende vincular a la familia en la construcción saludable de la vida sexual de sus miembros, por medio de talleres cuyo objetivo es el desarrollo de una herramienta educativa – preventiva en la educación, formación y la orientación sexual familiar, para que la sexualidad del ser humano sea sana, satisfactoria y placentera en la etapa de vejez.

2.2 BASES TEÓRICAS
2.2.1 Etapa evolutiva de la tercera edad. El interés por la vida y el envejecimiento ha sido una constante en la historia de la humanidad, sobresalen dos aspiraciones constantes a través de distintas culturas y momentos históricos, la inmortalidad y la búsqueda de la longevidad. “Distintos mitos como el “Elixir de la vida” buscado por los alquimistas o la “fuente de la vida”, presenta en distintas culturas (hebrea, griega, romana) desde la antigüedad hasta hoy, reflejan bien la preocupación por la prolongación de la vida. Ciertos vestigios de estos mitos perviven en la sociedad actual: consumo de vitaminas (por ejemplo, vitamina C), tratamientos termales anti-envejecimiento, dietas especiales, programas de ejercicio físico intensivo, entre otros, y forman parte de los métodos que se proponen para mejorar la vitalidad y la longevidad” .
Además de la longevidad y la eterna juventud, la propia comprensión del proceso de envejecimiento y de los problemas de la edad avanzada ha captado el interés de los pensadores durante siglos. Las antiguas civilizaciones de China, India y la cuenca mediterránea oriental dedicaron una gran atención a este tema (Freeman, 1979) , como también lo hicieron más tarde griegos y romanos. Platón y Aristóteles, en la Grecia clásica, y Galeno, los pensadores epicureístas y los filósofos estoicos, especialmente Cicerón, Séneca y Epicteto, hicieron grandes aportaciones a la comprensión de la vejez. Su pensamiento, sin duda, jugó un papel crucial en la cultura europea al transmitirse a distintos autores de diferentes épocas. Así, por ejemplo, en la Edad Media, San Agustín representa la herencia estoica de la visión de la vejez, que concibe como la edad del equilibrio emocional y de la liberación de la sujeción a los placeres mundanos, mientras que Santo Tomás de Aquino se sitúa en la tradición aristotélica, asumiendo la idea de la vejez como una etapa de decadencia (Rodríguez, 1989) . Éstas y otras tendencias procedentes del pensamiento griego y romano son heredadas también por el Renacimiento, la cultura barroca, la Ilustración y finalmente son transmitidas al pensamiento del siglo XIX; de ahí, su influencia llega hasta la actualidad. Esta fascinación por el proceso de envejecimiento también se extendió desde Europa al continente americano y al resto de las áreas de influencia europea (Busse, 1988) .
El estudio científico de la vejez desde la psicología hace su aparición en el siglo XIX asociado al interés surgido en torno al envejecimiento como parte de la psicología del desarrollo (Riegel, 1977) . Con el fin de concretar el desarrollo histórico del estudio de la psicología de la vejez y el envejecimiento, se van a establecer para su descripción una serie de etapas, siguiendo el clásico trabajo de Birren (1961) sobre la historia de la psicología del envejecimiento. Así, se pueden distinguir las siguientes fases: un período inicial, desde 1835 hasta el final de la segunda década del siglo XX, una etapa referida al comienzo de la investigación sistemática, entre 1918 y 1945, y un período de constitución a partir del fin de la segunda guerra mundial (1945-1960). A las etapas anteriores se suma una última fase de consolidación y desarrollo que, de acuerdo a la aproximación histórica sobre el estudio de la vejez realizada por Fortaleza (1993), comenzaría con la década de los 60 y se extendería hasta la actualidad.
El desarrollo de la Psicología de la vejez comienza a adquirir una mayor solidez a partir de la finalización de la II Guerra Mundial. Desde 1945 hasta finalizada la década de los años 50 se puede considerar un período de crecimiento y difusión del estudio de la Psicología de la vejez, así como de aplicación de los conocimientos para solventar los problemas de las personas mayores. Este crecimiento se ve apoyado, además, por el nacimiento de una serie de instituciones desde las que se potencia tal estudio, se difunde el interés por el mismo y se sustenta su continuidad.
En cuanto a los aspectos psicológicos más investigados en esta época, se mantiene el interés principal por las habilidades intelectuales durante la vejez, y se amplia a otros aspectos, como la memoria y el aprendizaje, la adaptación en la vejez y su relación con el nivel de actividad y satisfacción con la vida.
Dentro de los estudios sobre funcionamiento intelectual, destacan, por una parte, los estudios sobre estandarización de instrumentos para la evaluación de la inteligencia (Wechsler, 1956) y, por otra parte, el comienzo de investigaciones longitudinales sobre el patrón de cambio de las distintas aptitudes o habilidades intelectuales durante el envejecimiento (Schaie, Rosenthal y Perlman, 1953) , que hoy son una fuente importante del conocimiento sobre envejecimiento normal y óptimo. La crítica general hacia la utilización de diseños transversales en el estudio de los cambios debidos a la edad, que tienden a confundir el efecto del envejecimiento con las condiciones en las que han vivido los individuos, llevan a proponer la utilización de diseños longitudinales para el estudio de tales cambios. De esta forma, durante los años 50 se ponen en marcha una serie de investigaciones longitudinales que se prolongarán, en algunos casos, hasta muy recientemente.
La investigación sobre psicología de la vejez en esta etapa, como se ha señalado se amplió hacia nuevos aspectos, como la velocidad de ejecución, la solución de problemas y, especialmente el estudio de cómo se adaptan las personas al envejecimiento y cómo se asocia la adaptación con el nivel de actividad y la satisfacción (Havighurst, 1957) ; aparecen, además, los primeros trabajos sobre adaptación a la jubilación (Kent, 1956) .
Además del desarrollo de investigaciones específicas, la creación de nuevos centros de investigación y sociedades científicas también contribuyó a la consolidación de la psicología de la vejez como disciplina científica. En 1946 se crean dos centros de investigación que suponen un fuerte impulso al estudio de la psicología del envejecimiento, uno de ellos en Inglaterra y otro en Estados Unidos. La Unidad para la Investigación de los Problemas del Envejecimiento de Niffield fue creada en la Universidad de Cambridge bajo la dirección de Welford, con el fin de analizar las relaciones entre la conducta especializada y la edad. La repercusión de este centro en la investigación sobre el envejecimiento fue notable por que en él se formaron numerosos investigadores que posteriormente trasladaron sus conocimientos a otras universidades.
En Estados Unidos, se crea una unidad gerontológico dependiente de los Institutos Nacionales de Salud de la manos de Nathan Shock. Un año después, Birren se integra en esta unidad y comienza a dirigir la sección de investigación psicológica de la misma. Como resultado de ello, en 1953 queda establecida la Sección de Envejecimiento dentro del Instituto Nacional de Salud Mental, cuya dirección asume el propio Birren.
Para poder lograr un concepto adecuado de lo que es el envejecimiento, hay que cumplir todo el desarrollo entre la temprana adultez y la vejez propia mente dicha. A menudo los problemas de ajuste de la persona mayor son simples variaciones de sus dificultades durante la edad media. La forma en que una persona resuelva sus problemas en la edad adulta será un buen índice de cómo bregará con ellos en los años de la vejez. Lo que halla ocurrido en la biografía de la persona indudablemente influye en su concepto de la vejez.
Alguien ha dicho que la vejez no tiene remedio. Sin embargo, es un mal que puede aliviarse en muchísimos aspectos. Si se observa detalladamente, el proceso de crecer puede ser hasta más difícil que el de envejecer.
En el proceso de saber vivir la vejez mucho cuentan las actitudes y acciones de la sociedad en que el individuo envejece.
La vejez no es una enfermedad: es un estado de graduales cambios degenerativos, de lento desgaste, pero no es una enfermedad ni tiene que venir acompañada de dolores ni angustias. Hay enfermedades propias de la vejez, lo mismo que hay enfermedades propias de la infancia; pero eso no quiere decir que la infancia sea una enfermedad, como tampoco es la vejez.
En el proceso de envejecer ocurren cambios progresivos en las células, en los tejidos, en los órganos y en el organismo total. Es la ley de la naturaleza que todas las cosas vivan cambian con el tiempo, tanto en estructura como en función. El envejecimiento empieza con la concepción y termina con la muerte. La gerontología se interesa principalmente en los cambios que ocurren entre el logro de la madurez y la muerte del individuo, así como en los factores que influyen en estos cambios progresivos.
Se hace extremadamente difícil señalar cuándo comienza la vejez. Esto se debe a las numerosas diferencias individuales que existen en el proceso de envejecer. No solamente hay variaciones entre individuos, sino también entre distintos sistemas de órganos. Orgánicamente hablando, el individuo en cualquier edad es el resultado de los procesos de acumulación y destrucción de células, que ocurren simultáneamente.
El envejecimiento comienza bien temprano en la vida. Distintas partes de la anatomía envejecen a ritmos diferentes. Específicamente, se ha señalado el caso del arcus senilis (arco senil o círculo del envejecimiento), que es la parte coloreada de los ojos de las personas viejas. Generalmente, tal cambio puede observarse por primera vez realmente, tal cambio puede observarse por primera vez alrededor de los 80 años, pero en otras personas puede notarse a los 50.
Lo prevaleciente es la noción de que la vejez es resultado inevitable del deterioro orgánico y mental. Tal deterioro se hace visible a mediados de la vida. De ahí en adelante, progresa a un ritmo acelerado.
En lo referente a los factores biológicos, se ha apuntado certeramente que los cambios que ocurren en el proceso de envejecer son los mismos en todas partes del mundo. En este sentido parece inevitable que el organismo humano pasa a lo largo de un ciclo que comprende la concepción, el nacimiento, el desarrollo durante la niñez y la adolescencia, la plenitud, la declinación y la muerte. Envejecer como proceso biológico tiene extensas consecuencias sociales psicológicas. Hasta este momento, la atención de la sociedad se ha orientado mayormente hacia la provisión de ciertos auxilios a los ancianos en sus necesidades biológicas: alimentación, salud física y albergue.
La vejez es un proceso multifacético de maduración y declinación, pese al hecho de que en todo instante hay lugar para el crecimiento. Las investigaciones señalan que se empieza a envejecer antes de los 65 años. Ya para fines de la cuarta década, hay declinación en la energía física. También aumenta la susceptibilidad a las enfermedades e incapacidades. Se va haciendo cada vez más difícil, mantener la integración personal, así como la orientación en la sociedad.
Finalmente, de una manera inexorable, unos antes y otros después, viene la declinación general. El individuo acaba retrayéndose de las actividades. Depende mucho de los que le rodean. Si las relaciones con otros son tirantes, el anciano busca el aislamiento y la soledad. El temperamento puede tomarse agrio. Surge en muchos casos la mala salud física. Los ingresos económicos pueden ser insuficientes. Hay una multitud de problemas de índole social y psicológica que cae sobre el anciano y sus familiares, las situación no es fácil para la persona vieja ni para sus relacionados. El anciano no quiere construir un estorbo. Para los familiares, el hecho de tener la responsabilidad de personas mayores constituye un serio impedimento en el disfrute de sus afanes de vida y en la realización de sus proyectos y aspiraciones.
En la vejez es muy difícil separar las incapacidades de índole física de los efectos desintegrantes de conflictos que, por ser prolongados y arduos, dejan una huella psíquica profunda en el individuo. El proceso de envejecer abarca toda la personalidad. El deterioro en la vejez no es sólo en la estructura, sino también en la función y, por tanto, un resultado de las tensiones emocionales.
Una vez más se reconoce que la personalidad humana es una integración, una totalidad indivisible. Todos sabemos que una persona sufrida, en el aspecto emocional, envejece físicamente de la noche a la mañana.
Se debe que reconocer desde un principio que, al encarar la personalidad humana, estamos afrontando un conjunto de fuerzas intrapsíquicas en interacción con la cultura y la biosfera, es decir, el ambiente total en que se desenvuelve la vida hombre. La lucha del ser humano, en todo momento de su vida, es lucha dentro de un ambiente físico, social y cultural. No se puede negar que a lo largo de la vida se van reduciendo los recursos de adaptación del ser humano. En muchos sentidos, envejecer no es otra cosa que la pérdida de esta capacidad de adaptación.
Viejo es aquel que ha llegado a su horizonte. Quien se estanca, ha envejecido. Esto no significa que se pase por alto el hecho irrefutable de los años. Se envejece porque transcurre el tiempo por encima de cada persona. Pero también se envejece porque se permite que el tiempo corra por encima de cada una sin aprovecharlo como se debe. Y el tiempo siempre debe aprovecharse de una manera o de otra. Hay quien se sienta a esperar la muerte sentado en un sillón o acostado en una cama, sin haber razón alguna para tales poses fatalistas. En casi todas las etapas de la vida, incluyendo la vejez, se podría dar más de lo que se ha dado.
2.2.2 Evolución psicológica normal de la vejez. Las causas del envejecimiento mental normal se deben a la intervención de cuatro factores:
- El deterioro progresivo de las propias funciones físicas.
- El declinar progresivo de las facultades y de las funciones mentales.
- La transformación del medio familiar y de la vida profesional.
- Las reacciones del sujeto ante estos diversos factores.
Los tres primeros factores ejercen sobre el psiquismo humano efectos directos procedentes del deterioro o de las transformaciones sufridas, y efectos indirectos sobre el comportamiento (así la presbicia comporta la disminución de la agudeza visual de cerca, pero también crea la costumbre de mirar las cosas de lejos). El último factor provoca diversas reacciones tanto en el plano de las actitudes expresadas como en el de la vida interior. Finalmente, estos diferentes factores y sus efectos evolucionan progresivamente, pero en formas de etapas sucesivas. Se comprende en estas condiciones la complejidad del problema y la dificultad de exponer claramente la evolución psicológica de las personas de edad.
Para muchas personas la vejez es un proceso continuo de crecimiento intelectual, emocional y psicológico. Se hace un resumen de lo que se ha vivido hasta el momento, y se logra felicitarse por la vida que ha conseguido, aún reconociendo ciertos fracasos y errores. Es un período en el que se goza de los logros personales, y se contemplan los frutos del trabajo personal útiles para las generaciones venideras.
La vejez constituye la aceptación del ciclo vital único y exclusivo de uno mismo y de las personas que han llegado a ser importantes en este proceso. Supone una nueva aceptación del hecho que uno es responsable de la propia vida.
Comienza a los 65 años aproximadamente y se caracteriza por un declive gradual del funcionamiento de todos los sistemas corporales. Por lo general se debe al envejecimiento natural y gradual de las células del cuerpo. A diferencia de lo que muchos creen, la mayoría de las personas de la tercera edad conservan un grado importante de sus capacidades cognitivas y psíquicas.
A cualquier edad es posible morir. La diferencia estriba en que la mayoría de las pérdidas se acumulan en las últimas décadas de la vida.
Es importante lograr hacer un balance y elaborar la proximidad a la muerte. En la tercera edad se torna relevante el pensamiento reflexivo con el que se contempla y revisa el pasado vivido. Aquel posee integridad se hallará dispuesto a defender la dignidad de su propio estilo de vida contra todo género de amenazas físicas y económicas.
Quien no pueda aceptar su finitud ante la muerte o se sienta frustrado o arrepentido del curso que ha tomado su vida, será invadido por la desesperación que expresa el sentimiento de que el tiempo es breve, demasiado breve para intentar comenzar otra vida y buscar otras vías hacia la integridad.
El duelo es uno de las tareas principales de esta etapa, dado que la mayoría debe enfrentarse con un sinnúmero de pérdidas (amigos, familiares, colegas). Además deben superar el cambio de status laboral y la merma de la salud física y de las habilidades.
Para algunas personas mayores la jubilación es el momento de disfrutar el tiempo libre y liberarse de los compromisos laborales. Para otros es un momento de estrés, especialmente de prestigio, el retiro supone una pérdida de poder adquisitivo o un descenso en la autoestima.
Si ha sido incapaz de delegar poder y tareas, así como de cuidar y guiar a los más jóvenes; entonces no sería extraño que le resulte difícil transitar esta etapa y llegar a elaborar la proximidad de la muerte. Estas personas se muestran desesperadas y temerosas ante la muerte, y esto se manifiesta, sobretodo en la incapacidad por reconocer el paso del tiempo. No lograron renunciar a su posición de autoridad y a cerrar el ciclo de productividad haciendo un balance positivo de la vida transcurrida.
Es la etapa en la que se adquiere un nuevo rol: el de ser abuelo. El nieto compensa la exogamia del hijo. La partida del hijo y la llegada del nieto son dos caras de la misma moneda. El nuevo rol de abuelo conlleva la idea de perpetuidad. Los abuelos cumplen una función de continuidad y transmisión de tradiciones familiares. A través de los nietos se transmite el pasado, la historia familiar.
Por esta razón, una vejez plena de sentido es aquella en la que predomina una actitud contemplativa y reflexiva, reconciliándose con sus logros y fracasos, y con sus defectos. Se debe lograr la aceptación de uno mismo y aprender a disfrutar de los placeres que esta etapa brinda. Entonces, recuerde: hay que prepararse activamente para envejecer, para poder enfrentar la muerte sin temor, como algo natural, como parte del ciclo vital.
2.2.3 Calidad de vida. La calidad de vida ha sido estudiada desde diferentes disciplinas. Socialmente calidad de vida tiene que ver con una capacidad adquisitiva que permita vivir con las necesidades básicas cubiertas además de disfrutar de una buena salud física - psíquica y de una relación social satisfactoria.
Entre los investigadores no hay consenso en la definición de "calidad de vida". N concepto que involucra muchas variables subjetivas satisfacción, felicidad, autoestima...es difícil de medir. Las variable s objetivas son de medición más fácil, la economía, el nivel socio - cultural los déficits funcionales, problemas de salud.
Los investigadores con orientación clínica suelen definir calidad de vida en términos de salud y/o de discapacidad funcional. Rivera, aporta que “no hay duda que la variable salud es la de mayor peso en la percepción de bienestar de los ancianos y, que los déficits de salud constituyen el primer problema para ellos” .
En las sociedades que envejecen a ritmo creciente, promocionar la calidad de vida en la vejez y en la vejez dependiente es el reto más inmediato de las políticas sociales. El creciente aumento de la esperanza de vida, el descenso sin precedentes históricos de la tasa de natalidad, los cambios en la estructura, en el tamaño, en las formas en la familia, los cambios en el status de las mujeres, la reducción creciente de las tasas de actividad laboral entre las personas de cincuenta y cinco y más años, han convertido el envejecimiento de la sociedad en una cuestión de máximo interés.
Son muchas las consecuencias de todos esos procesos, tanto a nivel macrosocial como en las experiencias individuales. Cómo dar sentido a la vida tras una jubilación llegada en muchas ocasiones de forma anticipada e imprevista, cómo hacer frente al mantenimiento de un hogar –en ocasiones con hijos/as dependientes- con una pensión, cómo enfrentarse a la enfermedad crónica y a la dependencia de uno o más miembros ancianos de la familia. Son sólo algunos temas que necesitan un abordaje teórico y práctico responsable y riguroso. La sociedad se encuentra ante nuevos retos para los que necesita instrumentos nuevos. Se requiere un concepto nuevo de solidaridad entre las generaciones y entre los distintos grupos, en un mundo cada vez más complejo, más inseguro, más indeterminado.
La calidad de vida en la vejez tiene que ver con la seguridad económica y con la inclusión social que se asegura por medio de infraestructuras de apoyo y redes sociales. Todo ello promoverá la participación de las personas de edad como miembros activos de la comunidad, una de cuyas funciones puede ser transmitir sus experiencias a las generaciones más jóvenes, al tiempo que comprenden su estilo de vida y los desafíos que les son propios. Todo ello en una sociedad inmersa en procesos que la llevan también a ella a aprender a envejecer.
La calidad de vida en la vejez dependiente implica necesariamente el apoyo social y familiar a las personas que desean continuar viviendo en la comunidad, siendo cuidadas en familia, para que puedan seguir haciéndolo, al tiempo que siguen desarrollándose todas sus potencialidades hasta el último momento. Eso conlleva el apoyo material y afectivo a los familiares que, con distintos grados de implicación, participan en la acción de cuidar. Políticas que tengan presente la dimensión femenina de los cuidados de salud, para que no contribuyan a seguir reforzando el rol dependiente de las mujeres cuidadoras.
Mucho mejor para algunos y peor para otros. Los americanos mayores que no desarrollan alguna enfermedad debilitante están más sanos y vigorosos que sus homólogos de hace varias generaciones. Tienen un aspecto más juvenil, se sienten mejor y actúan con más vitalidad que sus padres y abuelos a su misma edad. Estos jóvenes – mayores (muchos ya han sobrepasado su ochenta cumpleaños) dicen sistemáticamente a los investigadores "soy mucho más joven que mi madre o mi padre a esta edad”. En la mayoría de las personas, los problemas graves de salud no surgen hasta al menos los 75 años. Los que se encuentran entre los 65 y 74, por ejemplo, casi el 80 por 100 no tiene ninguna dificultad con las actividades del cuidado de la casa –incluyendo las tareas pesadas. Desde 1900, las formas de convivencia de las personas mayores han cambiado de tal forma que nada tienen que ver con las anteriores. Al inicio del siglo XX pocas personas mayores eran propietarios de su casa. Ya fuera una casa, apartamento o una habitación en una pensión, sólo el 29 por 100 de los adultos mayores casados y el 11 por 100 de los solteros vivían independientemente. En 1986, la situación dio un giro a la inversa. Dos factores han amparado esta tendencia. Una es la riqueza. Las personas mayores medias tienen más bienes que a principios de siglo. Pocas personas mayores se ven forzadas por las circunstancias a vivir con un hijo u otro familiar (generalmente algún hermano/a). El segundo factor es el bajo índice de nacimientos durante la Gran Depresión. En 1975, los americanos tenían menos hijos de quienes depender cuando llegaran a la tercera edad.
Los padres de la generación del baby-boom, que ahora están llegando a la jubilación, también será una cohorte acomodada, porque nacieron durante la Gran Depresión y entraron en el mercado laboral en un momento de expansión económica, cuando relativamente poco dinero ofrecía amplias oportunidades económicas. Aunque tendrán más hijos vivos en quienes poder confiar, la mayoría los necesitarán menos que en generaciones anteriores. Cuando los hijos del baby-boom se jubilen, es posible que estén en peor situación que sus padres, y debido a su bajo índice de natalidad, probablemente tendrán menos hijos vivos.
En el futuro, un número cada vez mayor de parejas llegará a la tercera edad en etapas discrepantes de la vida. Al haber una proporción mayor de mujeres de mediana edad que trabajan fuera de casa, más hombres se encontrarán con que aunque ellos ya estén a punto de jubilarse, sus esposas todavía estarán muy absorbidas en sus trabajos.
Puesto que la mayoría de las mujeres son más jóvenes que sus esposos, esta tendencia aumentará - y cuanto mayor sea la diferencia de edad, más se agudizará el problema -. Otro tremendo cambio ha propiciado esta situación.
En 1870 no había problemas de jubilación. La mayoría de los hombres morían a los 61, cuando todavía estaban trabajando duro, y los que vivían más no podían retirarse porque no había pensiones ni seguridad social.
2.2.4 Relaciones afectivas. La vida de la mayoría de los individuos de edad avanzada se enriquece por la presencia de personas que cuidan de ellos y a quienes éstos sienten cercanos.
La familia es todavía la fuente primaria de apoyo emocional, y en la edad avanzada tiene sus propias características especiales. Ante todo es probable que sea multigeneracional. La mayoría de las familias de las personas de edad avanzada incluyen por lo menos tres generaciones; muchas alcanzan cuatro o cinco. La presencia de tantas personas es enriquecedora pero también crea presiones especiales. Además, la familia en la edad avanzada tiene una historia larga, que también presentan sus más y sus menos. La larga experiencia de afrontar tensiones puede dar confianza a estas personas en el manejo de cualquier situación que la vida ponga en su camino.
Por otra parte, muchos ancianos aún están resolviendo asuntos inconclusos de la niñez o de la edad adulta temprana. Muchos eventos de la vida son especialmente típicos de la familia de edad avanzada (aunque no se limitan a ellas): volverse abuelo o bisabuelo, retirarse del trabajo y perder al cónyuge.
Las relaciones personales, especialmente con los miembros de la familia, continúan siendo importantes bien entrada la vejez. A continuación se verán las relaciones que tienen las personas de edad avanzada con las personas de su propia generación, los cónyuges, hermanos y amigos, y con sus hijos y nietos. También se examinará la vida de los adultos de mayor edad que se divorcian o enviudan, los que nunca se han casado y han casado y los que no tienen hijos.
2.2.4.1 Matrimonio. El matrimonio que dura largo tiempo, es un fenómeno relativamente novedoso; la mayoría de los matrimonios, como la mayoría de las personas, solían tener una vida más corta. Muchos hombres perdían a una ó más esposas en el parto; y, en general, ambos sucumbían a la enfermedad siendo jóvenes. En la actualidad los aniversarios quincuagésimos son más comunes, aunque son más comunes, aunque aún muchos matrimonios se terminan más temprano por muerte o divorcio.
Dado que las mujeres comúnmente se casan con hombres mayores y por lo general viven más largo tiempo que éstos, muchos más hombres que mujeres viven con sus cónyuges.
2.2.4.2 La felicidad conyugal. Las parejas casadas que están todavía juntas en sus 60 años tienen mayor probabilidad que las parejas de edad intermedia de considerar su matrimonio como satisfactorio. Muchos dicen que su matrimonio ha mejorado a través de los años. Puesto que desde hace algunos años el divorcio ha sido más fácil de obtener, los esposos que todavía están juntos en una época tardía de la vida han elegido estar juntos.
Por lo general la decisión de divorciarse llega temprano en un matrimonio; las parejas que permanecen juntas a pesar de las dificultades son capaces de superar sus diferencias y de llegar a una relación mutuamente satisfactoria.
Otra posible razón por la cual las personas de edad avanzada reportan mayor satisfacción en el matrimonio es que a esta edad están más satisfechas con la vida en general. Su satisfacción puede surgir de factores externos al matrimonio, como el trabajo, el fin de la crianza de los hijos, ó más dinero en el banco.
También es posible que consideren que su matrimonio es feliz como una justificación consciente o inconsciente por haber permanecido en él tan largo tiempo.
2.2.4.3 Fortalezas y tensiones en el matrimonio en la edad adulta tardía. Estar enamorado es todavía importante para el matrimonio exitoso en la edad adulta tardía. Los esposos de edad avanzada también valoran el compañerismo y la expresión abierta de los sentimientos, como también el respeto y los intereses comunes. Pero pueden surgir problemas provenientes de diferencias en valores, intereses y filosofías.
Una nueva libertad llega en cuanto el esposo y la esposa se apartan de los roles de sostén de la familia y de la crianza de los hijos, a medida que cada uno de los dos se vuelve más interesado en la personalidad del otro, y a medida que cada uno disfruta de modo creciente la compañía del otro. Además, la capacidad de las personas casadas para manejar los altibajos de la edad adulta tardía con relativa serenidad puede resultar de su mutuo apoyo. Esto refleja tres beneficios importantes del matrimonio: intimidad (sexual y emocional), interdependencia (compartir tareas y recursos), y sentido de la pareja de pertenecer uno al otro.
El éxito de un matrimonio en la edad adulta tardía puede depender de la capacidad de la pareja para adaptarse a los cambios de personalidad de la edad adulta intermedia, los que con frecuencia llevan a hombres y mujeres en direcciones opuestas. Como el esposo se involucra menos con el trabajo y está más interesado en la intimidad, la esposa puede interesarse más en el crecimiento personal y la autoexpresión. En el cambio de roles, las parejas pueden argumentar sobre tareas domésticas, entre otras.
Los matrimonios de edad avanzada por lo general se ponen a prueba por las dolencias de salud de uno de los cónyuges. Las personas que deben cuidar de su pareja incapacitada pueden sentirse aisladas, enojadas y frustradas, sobre todo cuando ellos mismos tienen precaria salud. Cuidar a un cónyuge que padece demencia es algo que exige de manera especial, y comúnmente da como resultado un sentido de pérdida de identidad. Tanto la personalidad como el desempeño externo influyen en la manera como los responsables del cuidado pueden adaptarse a las exigencias que se le presentan. Aquellos que son optimistas y están bien adaptados para comenzar con esta labor y los que mantienen contacto con amigos, logran desempeñarse mejor.
Algunas parejas disfrutan el retiro porque les permite tener tiempo de ocio para viajar, pasar momentos con los hijos y nietos, y perseguir otros intereses, juntos o por separado. No obstante, la jubilación no siempre hace que un matrimonio sea mejor.
Surgen problemas con mayor frecuencia en aquellas situaciones en que el esposo se retira y la esposa todavía sigue trabajando. La esposa puede sentir que su carga de trabajo es injusta, dado que los esposos en edad de retiro gastan menos de ocho horas a la semana, en promedio, en tareas domésticas, mientras que sus esposas invierten cerca de 20 horas más a la semana y hacen más de tres cuartas partes de los quehaceres domésticos.
2.2.5 Temor a la enfermedad o a enfermarse. La actual cultura occidental, consumista y elitista, ha colocado a la juventud en un lugar privilegiado frente a las demás etapas de la vida. Sin embargo, la felicidad, el bienestar, la productividad, entre otros, se pueden desarrollar a lo largo de toda la existencia.
El mito de que la vejez es una etapa de restricciones, privaciones y sufrimientos debe ser desterrado, y así permitir que los viejos (y en el futuro nosotros mismos) podamos gozar de bienestar y salud hasta el fin de la vida.
Se puede llegar a viejo sin problemas de salud físicos, ni mentales, todo depende del estado que mantenga previamente una persona. Si bien es cierto que del proceso de envejecimiento no está libre de problemas, la enfermedad no es exclusiva de la vejez como no lo es la salud de la juventud.
En efecto, la enfermedad puede aparecer en cualquier etapa de la vida, no hay una edad fija. Mientras personas jóvenes y aún niños padecen variadas enfermedades muchos viejos son saludables.
El hecho de que aparezcan ciertas limitaciones no quiere decir que no se goce de una buena salud. Existe un estado ideal, un bienestar propio de cada etapa de la vida. Y si estas etapas se viven al máximo de cuidado y prevención, se pueden conservar una gran proporción del organismo en forma saludable en la última etapa de la vida.
El envejecimiento afecta a las funciones perceptivas, sensoriales, y la memoria. Las funciones sensorio-perceptivas disminuyen con la edad: en el plano sensorial ante todo, se manifiestan en alteraciones de la agudeza visual y de la agudeza auditiva, pero también en una disminución de la adaptación a la oscuridad, lenta desde los 30 a los 60 años, y luego acelerada a partir de los 60 años. El olfato se debilita. Por el contrario, el gusto, en lugar de disminuir con la edad, más bien aumenta y concretamente se hace más sensible a los alimentos azucarados. La pérdida del oído favorece la desconfianza, los celos, el egocentrismo; el présbita no puede ya leer y se aburre. Por lo que el cuadro de apatía, de inactividad y de desinterés general que puede observase en el anciano se debe tanto a la disminución de la sensorio-receptividad como a la de la actividad cerebral: la vigilancia, la capacidad de atención, incluso el nivel de conciencia están efectivamente en razón directa con el número de estímulos recibidos.
- La salud y la enfermedad no son acontecimientos que ocupan exclusivamente el espacio de la vida personal. La calidad de vida, el cuidado y promoción de la salud y la mente misma acontecen en el denso tejido social y ecológico en el que transcurre la historia personal.
- La “salud” significa un estado del organismo que no está enfermo; “enfermedad” se relaciona con alteraciones del organismo que perturban su funcionamiento normal.
- Para una buena salud mental y un comportamiento saludable es importante: La actividad física regular, prácticas nutricionales adecuadas, comportamientos de seguridad, reducir el consumo de drogas, prácticas adecuadas de higiene, desarrollo de un estilo de vida (minimizador del estrés), desarrollo de competencias para establecer relaciones sociales y resolver problemas interpersonales, desarrollo de comportamientos adecuados para el manejo de situaciones, cumplimiento y seguimiento de las prescripciones de salud.
2.2.6 Jubilación. La idea estéril de que realmente no hay vida que valga la pena cuando se ha dejado el trabajo ha sido refutada muchas veces. Cada vez más, los estudios acerca de los años de jubilación revelan una diversidad de "vidas futuras". No todos los jubilados permanecen retirados muchos continúan activos en campos relacionados con inclinaciones que han tenido toda su vida, otros cultivan nuevas aficiones o vuelven a algunas que antes no pudieron realizar.
Es probable que valores tales como el aprendizaje, el descubrimiento de si sí mismos y la ayuda a otras personas sean considerados con tanto respeto, en el futuro, como trabajar y producir. Ya hay indicios de que utilizar el tiempo para recreo y satisfacción personal está menos acompañado del sentimiento de culpa que en el pasado. Esto significa que la persona de edad madura que se halle inmersa en su fase productiva no poseerá todos los valores que son verdaderamente "valiosos". Las actividades no laborales no serán consideradas como simples indicadores de un período para los "demasiado jóvenes" y los "demasiado viejos".
Son muchas las personas que pasan largos años de su vida soñando con el momento en que cumplan la edad reglamentaria para la jubilación. Año tras año vienen acariciando el día en que dirán adiós a su trabajo. No más relojes despertadores, no más horas regulares para entrar y salir de las labores diarias. A dormir todo lo que uno quiera. Se hará lo que se desee cuando uno lo desee. Por fin el individuo será dueño de su destino. No son pocas las personas que sueñan con el retiro como si éste fuese un paraíso.
En el asunto del retiro, se encuentran también, muchas diferencias individuales. Probablemente haya personas que se retiran a la vida descansada, sin albergar propósitos ni perspectivas adicionales, a disfrutar tranquila y sosegadamente de los años postreros de la vida, sin que les perturben ansiedades y zozobras. Pero también hay personas que habiendo forjado grandes ilusiones, se dan cuenta que al entrar el retiro, no existe aquello de lo que habían soñado. Es hondo el abismo entre la ilusión y la realidad. También hay otros individuos que, al entrar a los años de la jubilación, encuentran que tienen por delante muchas otras coas que hacer, en las cuales ellos no habían pensado.
La vida no tiene que ser fácil para ser maravillosa. De hecho, la vida fácil es le camino más corto hacia la monotonía. Hay que pensar en un retiro dinámico, disparado hacia el porvenir. El trabajo debe concebirse en todo momento como un medio de realización personal, aun en los años de vejez. La persona retirada debe conservar siempre el derecho a ser útil y a serlo con dignidad. Cada individuo debe descubrir a tiempo sus capacidades y limitaciones.
El planeamiento para el retiro no debe circunscribirse a la mera consideración de las actividades que uno vaya a realizar al dejar las tareas que han exigido lo más y mejores años de la vida. Es decir, no deber ser únicamente un plan en el nivel de la actividad. Muy fundamental también es planear desde el punto de vista psicológico.
En la planificación para la vejez uno no debe quedarse en el nivel de la mera actividad. El retiro exige, como una condición esencial, la preparación psicológica anticipada.
La vida activa en la vejez será posible siempre y cuando la persona haya planeado su retiro desde el punto de vista financiero, a fin de que no le sorprendan las estrecheces económicas. Condición esencial además es que se disfrute de una razonable salud física y mental. Las muertes rápidas después del retiro son frecuentes, pero hay pruebas de que la mala salud precede el retiro y no lo sigue. Hay individuos que se retiran a una edad temprana, tan pronto sus ingresos lo permitan, para así abandonar el trabajo como dominio principal de ocupación personal y poder dedicarse a actividades que les resultan más satisfactorias.
La higiene mental es clara y precisa en su recomendación de la vida activa. La actividad es un atributo de la persona mentalmente saludable. Para que la vida tenga propósito, dirección y sentido, requiérese que el individuo defina un plan de acción que tienda a conseguir ciertos objetivos convenientes para él y aceptables para el grupo social del cual es miembro. Este plan deber ser de tal naturaleza que absorba el interés y la atención de las persona. La vida saludable ineludiblemente exige actividades que repercutan en sentimientos de satisfacción. La pasividad estanca y deteriora. Los propósitos que lleven a la persona a concentrarse en la tarea de realizarlos tienden a impedir su desintegración, evitando que surjan preocupaciones enfermizas.
El retiro, tal como indica la situación actual, constituye un problema psicológico y social para muchas personas. Probablemente psicológico y social para muchas personas. Probablemente, ante la presión de las nuevas generaciones, la sociedad ha descuidado la planificación de los años de la vejez.
En el momento de retirarse, con frecuencia la persona encuentra que ya sus hijos se han independizado. En numerosos casos existe una condición de viudez. Si la persona ha sido obligada a retirarse a una edad en que todavía tiene suficientes recursos físicos y mentales para desempeñar adecuadamente tareas significativas desde el punto de vista social, y si no ha sabido planear debidamente su jubilación, lo más probable es que ella se encuentra abocada a tremendas crisis psicológicas. Un retiro inesperado, como a veces ocurre, puede provocar un colapso total.
El ser humano necesita vivir en sociedad. La soledad engendra inseguridad. Depresión y deterioro. Es en las labores diarias, dedicadas a ganar el pan, donde establecemos con frecuencia las mejores formas de convivencia.
Los efectos psicológicos de tal quiebra en las relaciones humanas no pueden exagerarse. La necesidad de afiliación es una de las más potentes en la criatura humana. A lo que se llama felicidad es en gran parte el producto de las relaciones con los demás. Si se observa que esta vida de relación se deteriora, es de esperar que un acoso de sentimientos de soledad e incertidumbre.
Todo individuo normal necesita mantener un mínimo de intercambio con su ambiente social. No hay duda de que hay personas que aceptan el retiro como una liberación de las exigencias sociales. Por otra parte, hay otras que rehuyen tenazmente tal situación, dado que el retiro constituye para ellas una admisión de derrota, de dejar de ser, de cesar en sus funciones como miembro útil del cuerpo social.
El retiro positivo y exitoso empieza con un estado mental, con el reconocimiento de que es una oportunidad para comenzar una nueva vida en muchos sentidos. Por eso se reitera una y otra vez la necesidad que tiene todo individuo de planear anticipadamente en qué va ocuparse cuando le llegue el turno de la jubilación. Jamás este plan debe posponerse para la última hora.
2.2.6.1 El retiro es una ruptura.
- En la vida afectiva. El retiro hace pasar al hombre del estadio de la vida profesional durante el cual el trabajo se concibe y se exalta como la virtud cardinal, al estadio del descanso obligatorio libremente consentido o impuesto. Ello produce una perturbación del equilibrio mental y fisiológico.
- En la organización de la jornada. Repentinamente, los horarios de trabajo, de descanso, de sueño, entre otros, que había llegado a un alto grado de automatismo después de años de vida idénticos a sí mismos, resultan inadaptados, no corresponden ya a la situación objetiva; de donde una perturbación del equilibrio físico y fisiológico con repercusión sobre la salud y sobre el carácter.
- En las condiciones de la vida social. Se produce a la vez una ruptura de las relaciones profesionales (no se ve ya a los compañeros de empresa o fabrica), un cambio en la naturaleza de ciertas relaciones (ya no se puede hablar del trabajo) y una modificación en las relaciones hogareñas con el cónyuge (se pasa de doce a quince horas de vida en común, a veinticuatro; de donde se desencadena una perturbación en los equilibrios afectivos).
- En las condiciones de vida financiera: La pérdida de una parte de los recursos tiene por efecto la perturbación del equilibrio general del presupuesto y sus repercusiones psicológicas y fisiológicas.
- En la vida cultural y el ocio: El retirado va a pasar de una situación, con poco tiempo que dedicar a las distracciones, a una situación con mucho mas tiempo libre, de donde una nueva perturbación del equilibrio del individuo.
2.2.6.2 La preparación psicológica. La jubilación, como el matrimonio, es una gran decisión en la que conviene reflexionar seriamente. La principal pregunta que se hace el que se va a jubilar es “ ¿Qué es lo que voy a hacer ahora?”.
Sin duda todos los que han tenido la oportunidad de encontrar en su trabajo todas las satisfacciones deseables considerarán su retiro como una prolongación natural, aunque en su status más liberal, de su vida de trabajo; los que han soportado durante decenas de años un trabajo que no les gustaba pueden esperar del retiro las satisfacciones que no han tenido: el retiro puede permitirles así hacer lo que siempre han deseado. Sea lo que fuere lo que le agradaría hacer, recuerde que debe estar dispuesto a realizarlo desde el primer momento de su jubilación. Algunas de estas cosas exigen, sino un hábito, por lo menos una preparación: si no está acostumbrado a caminar suficientemente, le será difícil dar largos paseos: pronto se sentirá cansado y abandonará el ejercicio; si desea cultivar las plantas, comience por la jardinería. Todo lo nuevo requiere esfuerzo, todo esfuerzo requiere entrenamiento y todo entrenamiento debe ser progresivo, y por lo tanto debe programarse.
Así muchos años antes de que llegue el momento, comience a reflexionar y a preguntarse. He aquí algunas preguntas que puede hacerse para esbozar las grandes opciones de su jubilación: ¿cómo veo mi retiro?. ¿En que situación económica me encontraré?, ¿Viviré en un apartamento, en un pabellón, en la ciudad o en el campo?, ¿Cómo concibe mi mujer mi retiro?, ¿ Habré de tener actividades externas en lugar de permanecer en casa todo el día? O bien aceptaré con indiferencia el tener que vivir lejos de ellos?, ¿Me agradará vivir con mis hijos y nietos o bien aceptaré con indiferencia el tener que vivir lejos de ellos?. ¿Me gusta ver una película, oír un concierto, asistir a una conferencia, visitar una exposición, entre otros?
Cuando estas preguntas se plantean es posible ver más claro al interior de cada persona y determinar las grandes direcciones de sus propios gustos y aspiraciones. Al recordar todos los acontecimientos de la vida que han producido alegrías y satisfacciones, al anciano le es más fácil hacer lo que ha deseado desde la infancia. La felicidad y la oportunidad de realizarse por fin completamente, dependen de su sinceridad frente a sí mismo.
El anciano debe programa equilibrado para su jubilación, teniendo en cuenta:
- Una actividad individual y una actividad colectiva.
- Una actividad al aire libre y una diversión de interior.
- Un desgaste físico y una distracción que descansa, y piense que los ocios de su vida activa pueden prepararle útilmente para sus actividades regulares cuando llegue la jubilación.
2.2.7 Temor a la muerte. El hombre es el único ser viviente que tiene conciencia de la muerte y, por tanto, la teme. Se nace sin conciencia de que algún día se debe que morir, pero pronto se advierte de manera creciente de que la vida tiene un ciclo: nacer, crecer, declinar y morir.
Si se ha llevado una vida de provecho, si se han dejado huellas decorosas en el mundo, si se ha vivido digna y eficazmente, si a la hora de hacer el balance pesan más los créditos que los débitos, si se experimenta la satisfacción de haber vivido plenamente, habiéndose realizado en forma adecuada y ayuda a los semejantes, si la conducta estuvo razonablemente regida pro elevados valores éticos, entonces la muerte no será la experiencia difícil y angustiosa que es para aquellos que no han sabido dar un significado noble a su vida.
A pesar de que hay grandes diferencias individuales en lo que se refiere al encaramiento con la muerte, desde el individuo que la afronta con serenidad hasta aquel que experimenta una tremenda angustia, casi todos los seres humanos temen a la terminación de su existencia. Desde muy temprano en la vida se debe tener conciencia de que algún día se ha de morir. Al hombre le angustia saber que eventualmente va a desaparecer del escenario de la vida y que ésta seguirá su marcha sin su presencia. Saber que no sólo se dejará vacío el espacio físico que diariamente ocupa el cuerpo, sino también el espacio psicológico que llena la conducta, saber que después de la muerte se irá lentamente muriendo en el recuerdo de la gente, en la memoria de los familiares y de la sociedad, ese ir desapareciendo gradualmente en todos los particulares, he aquí uno de los orígenes de la angustia y el terror de la muerte.
Como regla general, el miedo a la muerte es menos agudo entre los viejos que entre los adultos de edad media. Sin embargo, el anciano piensa más en la muerte que el individuo de edad mediana, dado que aquél está más próximo a ella. Aunque con el avance de los años el individuo va resignándose al hecho de que cada día se acerca más a la tumba, por la misma razón el tema de la muerte está más presente en el pensamiento del anciano como algo que se espera, como algo inminente.
La investigación realizada en el año 1.995, por Alexandra Meneses Zuluaga sobre “actitudes frente a la muerte en personas de la tercera edad”, pretende dar cuenta, la actitud que tienen las personas de la tercera edad frente a la muerte, dado que se asume “que a esa edad hay más cercanía a la muerte”. En muchos casos cuando muere un anciano se escuchan expresiones como: “ya era hora”, “había vivido muchos años”, “ se fue a descansar”.
2.2.7.1 ¿Qué es la muerte?. La muerte misma puede ser desconocida, pero la separación y la pérdida son una áspera realidad tanto para quienes deben irse como para quienes se queda. Se deja atrás toda una vida de pensamientos, sentimientos y relaciones cuando finalmente nos despedimos. En las últimas etapas de la vida salen a la superficie los sentimientos mutuos y la experiencia originada por la separación.
Puede haber ansiedad y desesperación ó puede haber un nuevo sentimiento de intimidad y realización, incluso la muerte, para la que se cree estar preparados, puede hacer que la persona se sienta vacía y sacudida cuando sucede. Si se supone que todas las personas mayores están "listas" para morir, entonces, algunas veces, puede pasar que su pérdida no afectará mucho a sus sobrevivientes. De acuerdo con esto, es poco, en la forma de apoyo social, lo que pueda ofrecer durante el tiempo que duran las consecuencias psicológicas de la pérdida.
No resulta sencillo determinar cuándo es que una persona ha muerto. Se distingue entre muerte fisiológica y muerte clínica.
En el caso de la muerte fisiológica, todos los órganos vitales dejan de funcionar y el organismo no puede seguir subsistiendo en ningún sentido del término. Al ser privadas de oxígeno y de nutrientes las células del cuerpo van muriendo gradualmente. La muerte clínica consiste en la terminación de toda la actividad cerebral, indicada por la ausencia de ondas cerebrales. El organismo humano deja de operar como una unidad mente – cuerpo autosuficiente, aunque el corazón y los pulmones pueden funcionar con apoyo artificial.
2.2.7.2 ¿Qué es el duelo?. La pérdida de un ser querido es uno de los acontecimientos más estresantes de la vida. La pérdida es seguida de un período de luto y de aflicción por la persona fallecida. El proceso de duelo puede durar un breve período o no terminar nunca.
• Las reacciones al duelo se presentan en cuatro niveles.
- Reacciones Físicas. El duelo es acompañado por una amplia gama de reacciones físicas que pueden incluir al insomnio, la falta de apetito o el comer en exceso, las molestias estomacales, diarrea, fatiga, dolores de cabeza, insuficiencia respiratoria, sudoración excesiva y mareos.
- Reacciones Emocionales. Estas incluyen la depresión, abatimiento, llanto, conmoción e incredulidad, enojo, ansiedad, irritabilidad, preocupación y pensamientos del fallecido, sentimientos de desamparo, dificultad para concentrarse, olvidos, apatía, indecisión y aislamiento o sentimientos de soledad.
- Reacciones Intelectuales. Estas incluyen los esfuerzos por explicar y aceptar las causas de la muerte de la persona y en ocasiones de racionalizar o tratar de comprender las razones de la muerte. La gente desea saber qué fue lo que sucedió y porqué pasó. Una reacción intelectual común al duelo es la idealización, es decir, el intento por purificar la memoria del fallecido disminuyendo mentalmente sus características negativas.
- Reacciones Sociológicas. Las reacciones sociológicas al duelo incluyen los esfuerzos de la familia y los amigos para unirse y compartir la experiencia y ofrecerse apoyo y comprensión. La reacción sociológica también incluye los esfuerzos por reorganizar la vida después de la pérdida: los reajustes financieros, la reorientación de los roles de los roles familiares y comunitarios, el regreso al trabajo, la reanudación de actividades sociales y comunitarias.

BIBLIOGRAFÍA
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- WECHSLER, David. Escalas de inteligencia Wechsler (WAIS, WISC-R, WPPSI). México: El manual moderno, 1991.



Catalina Zuleta y Yamile Gomez
catazugo@epm.net.co

sábado, 7 de junio de 2008

Sedimentos y transformaciones en la construcción psicosocialde la vejez


Sedimentos
y transformaciones en la
construcción psicosocial
de la vejez

Fernando Berriel
Mariana Paredes
Robert Pérez

INTRODUCCIÓN
El presente trabajo constituye el resultado de la investigación cualitativa sobre
la realidad de los y las adultas mayores en el Uruguay actual, en el marco del
proyecto interinstitucional “Estudio sobre la reproducción biológica y social de
la población uruguaya: una aproximación desde la perspectiva de género y generaciones”.
El proyecto tiene como objetivo general producir conocimiento desde
una perspectiva interdisciplinaria, articulando distintas vertientes de abordaje
sobre las temáticas de población en el país.
En este trabajo se articularon perspectivas disciplinarias distintas sobre un
mismo tema. Se trabajó desde el Servicio de Psicología de la Vejez de la Facultad
de Psicología y desde el Programa de Población de la Facultad de Ciencias
Sociales aprovechando líneas de investigación –algunas ya consolidadas, otras
más incipientes– que sobre los temas de envejecimiento y vejez se venían desarrollando
en ambas unidades académicas.
Este componente trabajó además en interacción con los otros dos componentes
de la investigación –adolescentes y derechos sexuales y reproductivos–,
en particular en los procesos de discusión de los objetivos y de elaboración de
las pautas de entrevista así como también en la defi nición de los instrumentos y
la selectividad de las muestras en las que se basó la recogida de información.
El objetivo general planteado por este componente se relaciona con el análisis
del signifi cado de la vejez en los adultos mayores desde las perspectivas de género,
generaciones, derechos y desigualdad social. Como objetivos específi cos fueron
planteados los siguientes tópicos:
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• Acceder a los principales contenidos simbólicos que adquiere la propia vejez
desde una perspectiva biográfi ca.
• Analizar la construcción del signifi cado de la vejez en estrecha conexión con
los mundos de la familia y del trabajo por los que transita o ha transitado la
persona.
• Analizar las transferencias entre generaciones tanto materiales como simbólicas.
• Conocer los niveles de apropiación y ejercicio de los derechos sexuales y
reproductivos en esta población.
Es en base a estos objetivos que se trabajó sobre una metodología cualitativa
planteada en el origen del proyecto y en este caso articulada en base a entrevistas
en profundidad y grupos focales.
Este capítulo presenta los resultados de esta investigación y se estructura de la
siguiente manera. El primer apartado, referente al marco conceptual, se centra en
el planteo de los aspectos del envejecimiento en Uruguay y en el mundo, así como
también explora en las conexiones teóricas de género y generaciones, perspectivas
priorizadas en este proyecto. El siguiente apartado refi ere al enfoque metodológico
utilizado. Luego se presenta el análisis y los resultados de la investigación
divididos siguiendo los ejes analíticos planteados en el enfoque metodológico: el
análisis del signifi cado de la vejez, la construcción de las instituciones familia y
trabajo, la relación entre las generaciones, la vida sexual y los derechos sexuales y
reproductivos. Finalmente se plantea un capítulo de políticas en el que se procura
analizar la situación de los entrevistados en su discurso subjetivo con relación
a las áreas prioritarias planteadas en términos de políticas para la vejez por los
organismos internacionales y por las Naciones Unidas en particular.
Se procura de esta forma verter aquí los resultados de la investigación realizada
en el entendido de que la vejez y el envejecimiento son temas centrales en
Uruguay y deberían estar presentes en la agenda social y política del país.
MARCO CONCEPTUAL
EL ENVEJECIMIENTO EN EL MUNDO
El envejecimiento es un tema mundial dado que afecta en términos globales a
la totalidad de la población del planeta. El siglo XX ha visto una revolución en
la longevidad con el aumento en la esperanza de vida en casi veinte años desde
1959 hasta 1966 y la expectativa es que se extienda diez años hacia el 2050. El
número de personas de 60 años y más crecerá de 600 millones en el año 2000,
a 2.000 millones en el 2050. Este fenómeno adquiere una intensidad y una
duración que carece de precedentes en la historia de la humanidad. A mitad del
21
siglo XX el porcentaje de personas mayores de 60 años alcanzaba al 8% de la
población mundial en tanto que para mediados del siglo XXI se estima que esta
cifra se elevará al 21%. El proceso de envejecimiento es diferencial por regiones
de acuerdo a los procesos de transición demográfi ca específi cos de cada zona.
En las regiones más desarrolladas –por continentes en Europa, Norteamérica y
Oceanía– adquiere mayor intensidad, en tanto que en Asia y África todavía no
ha llegado a adquirir tal magnitud. América Latina se encuentra en un punto
intermedio entre ambos polos (United Nations, 2002). Este proceso tiene
consecuencias en todos los niveles de la organización social, desde los aspectos
económicos ligados a los mercados de trabajo, los sistemas de seguridad social
y las transferencias intergeneracionales hasta los aspectos sanitarios vinculados
a los sistemas de salud pasando también por los aspectos culturales y sociales
referentes a los cambios que en la dinámica y composición familiar implica la
convivencia de varias generaciones, sea o no en el mismo techo.
Dado este contexto, a partir de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento
realizada en Madrid en el año 2002 los organismos internacionales
han reconocido el envejecimiento como un fenómeno mundial que implica
transformaciones de toda índole en las distintas sociedades. En esta Asamblea se
adoptaron compromisos ofi ciales asumidos por los gobiernos para responder a
los desafíos que plantea el envejecimiento en todas sus dimensiones y surge a la
vez un documento programático que se propone acciones concretas a desarrollar
en tres áreas: 1) las personas de edad y el desarrollo, 2) el fomento de la salud y
el bienestar en la vejez y 3) la creación de un entorno propicio y favorable.
A partir de estas recomendaciones a nivel mundial, se desarrolla en noviembre
del 2003, una reunión de carácter regional en Santiago de Chile, para analizar
la implementación para América Latina y el Caribe del Plan de Acción Internacional
de Madrid sobre el Envejecimiento. En este encuentro se plantean metas,
objetivos y recomendaciones para la acción a favor de las personas mayores
en cada una de las tres áreas prioritarias. Estos objetivos se retomarán en este
informe en el capítulo destinado a analizar la situación de los entrevistados en
relación con las áreas prioritarias objeto de políticas.
EL ENVEJECIMIENTO EN URUGUAY
Uruguay cuenta con la población más envejecida de América Latina. En el
contexto de su proceso temprano de transición demográfi ca, tanto las bajas
tasas de fecundidad que se han mantenido relativamente estables por más de
medio siglo como los procesos estructurales y recientes de emigración internacional
hacen que contemos con una población envejecida cuyo proceso parece
22
intensifi carse en los próximos años. Actualmente la población uruguaya cuenta
con un 17% de adultos mayores de 60 años, cifra que alcanzará a 25% para el
año 2050 según las proyecciones demográfi cas, con un particular aumento en
la población mayor de 80 años.
La dinámica demográfi ca es diferencial según los sectores socioeconómicos, hecho
que refl eja en muchos casos lo ocurrido en otras sociedades de América Latina.
Si bien el país se caracterizó por procesar una transición demográfi ca adelantada
en comparación con las características continentales, los problemas demográfi cos
del Uruguay de hoy combinan un mosaico de comportamientos heterogéneos;
algunos tienen mucho que ver con problemáticas del subdesarrollo (pobreza,
desigualdad social) y otros tienen mucho que ver con fenómenos propios de los
países desarrollados (envejecimiento, fecundidad a punto de caer por debajo del
nivel de reemplazo, segunda transición demográfi ca) (Paredes, 2004a).
La problemática del envejecimiento en Uruguay no es nueva. De hecho
somos una sociedad envejecida hace más de medio siglo. Si bien el descenso de
la mortalidad ha contribuido a este proceso, más importante resulta el descenso
de la fecundidad, sobre todo porque es el indicador que más refl eja un comportamiento
diferencial por sectores sociales. La tasa global de fecundidad se
mantiene en Uruguay relativamente estable en torno a 2.6 hijos por mujer, pero
el desequilibrio que presenta este guarismo entre los sectores socioeconómicos
refl eja la clara concentración de la reproducción biológica de la población en los
estratos más carenciados. Entre tanto los sectores socioeconómicos más favorecidos
y educados han controlado sus pautas de fecundidad hasta llegar bastante
por debajo del nivel de reemplazo poblacional (Paredes y Varela, 2001; Paredes,
2003a). Sumado a esto, y como efecto más coyuntural y reciente, la migración
internacional recobra impulso a principios del milenio con la crisis económica
que atraviesa el país –y que tiene su punto más álgido en el año 2002– provocando
la emigración de gente joven en edad reproductiva.
Como vemos, una de las características de nuestro país es tener un perfi l
poblacional de país desarrollado, coexistiendo con una infraestructura sociosanitaria
de país empobrecido. Estructura sociosanitaria que hasta el momento se
ha caracterizado por la poca coordinación entre las políticas y servicios de salud
con los sociales. La ausencia de un plan gerontológico que permita elaborar una
propuesta de atención sociosanitaria a esta población, es otro de los aspectos a
señalar (Nisizaki y Pérez, 2004). No obstante, en los últimos años, la aprobación
en el Parlamento de la Ley de Promoción Integral del Adulto Mayor, es un
primer paso en este sentido y da cuenta del comienzo de una mayor atención
de las autoridades en el tema.
23
EL ENVEJECIMIENTO COMO PROCESO*
Las preocupaciones de los seres humanos respecto al envejecimiento nos han
acompañado a lo largo de la historia. Baste recordar los antiguos mitos de la
fuente de la eterna juventud, ya presentes en el Gilgamesh, primer poema épico
conocido, o la discusión de los antiguos griegos respecto a si la vejez era un estado
deseable de sabiduría o era una enfermedad. Estas preocupaciones humanas, que
hasta el siglo XIX podemos ubicarlas en un plano singular y existencial de algunas
personas, a partir del siglo XX se ubican en un plano global, al darse un fenómeno
totalmente nuevo en la humanidad: el envejecimiento en términos poblacionales.
Esto ha llevado a que los gobiernos del mundo y la ONU comiencen a incluir
este tema en sus agendas (Nisizaki y Pérez, 2004).
Estos abordajes globales, si bien permiten conocer aspectos macro para
orientar políticas, tienen el inconveniente de no poder contemplar una serie de
características puntuales de la población que infl uyen mucho en su calidad de
vida. Es así que, cuando se lleva los indicadores macrosociales a escala humana,
cuando se toma contacto con las personas singularmente, lo primero que surge
es que los adultos mayores están lejos de constituir un conjunto homogéneo.
Por el contrario, si hay algo que prima en el envejecer es la multiplicidad de
cambios. Esto, ya demostrado en los estudios longitudinales del siglo pasado
(citados en Lehr, 1988; Fernández-Ballesteros, 1996) es un elemento que no se
debería dejar de tener presente en los estudios sobre el envejecimiento.
Los primeros estudios científi cos sobre la vejez surgen de la medicina en el
siglo XVIII (Lehr, 1988). Este hecho ha marcado en gran medida el curso de las
investigaciones posteriores, así como la construcción de un determinado modelo
de envejecer y de viejo, que ponía el énfasis en los procesos biológicos y fi siológicos,
quedando los aspectos psicológicos y sociales de este proceso subordinados
a un segundo plano. La vejez entonces, capturada dentro de un único campo
disciplinario, comienza a ser estudiada desde sus aspectos patológicos, aun antes
de poder estudiar sus aspectos de orden evolutivo.
Durante la primera mitad del siglo XX, las escuelas de Psicología experimental
norteamericana y soviética contribuyeron a consolidar estos enfoques,
por medio de estudios comparativos entre jóvenes y viejos, que procuraban
comparar aspectos cognitivos basados en procesos biológicos. De esta forma,
todo lo que se alejaba de los parámetros de salud defi nidos para otras edades
fue, durante mucho tiempo, considerado patológico en la vejez. Los resultados
de estos estudios concluían en una visión negativa del envejecimiento, la cual
* En este apartado se utilizan párrafos que han sido extraídos textualmente de
Pérez (2004), revisados por el autor a los efectos de esta investigación.
24
se potencia claramente con un pensamiento social prejuicioso, conformándose
una asociación entre viejo y enfermo (Salvarezza, 1988). Va así conformándose
un campo que asocia cada vez más el envejecimiento a una enfermedad y no a
una etapa vital. Es recién en la década de 1950 que se empieza a asistir a estudios
sociológicos sobre el envejecimiento (Lehr, 1988), estudiado este proceso desde
sus aspectos poblacionales y macrosociales.
Esta forma de concebir el proceso de envejecimiento y la vejez ha marcado
–y aun hoy marca– a muchos investigadores de los aspectos psicológicos y sociales
del envejecimiento. En el año 1961, este modelo defi citario cristaliza “científi camente”
en un libro que infl uyó mucho en gran parte de las conductas prejuiciosas
hacia los viejos de varias generaciones de profesionales. Se trata del clásico trabajo
de E. Cummings y W. E. Henry Growing old: the process of disengagement. Este
libro, resultado de una investigación realizada desde la Universidad de Chicago
respecto a los aspectos sociales de la vejez, postula la “disengagement theory”,
traducida por diferentes autores como teoría de la desvinculación, del desapego,
etcétera. En sus aspectos centrales, esta teoría sostiene que las personas, a medida
que van envejeciendo, van perdiendo paulatinamente su interés por las cosas
que los rodean (objetos y personas), volviéndose cada vez más sobre sí mismos,
apartándose paulatinamente del entorno, como forma de evitar los confl ictos y
prepararse para la muerte. Fundamentada en procesos bio-fi siológicos, esta teoría
postula que los fenómenos que describe serían inherentes al envejecimiento, con
independencia de lo sociocultural. Por lo tanto, la conducta a fomentar para
con los viejos, ya sea en los profesionales, como en el resto de la sociedad, es
ayudarlos en este “alejamiento” de las actividades. Más allá de las críticas que
ha recibido esta teoría, así como su invalidación científi ca posterior (véase al
respecto, Lehr, 1988), su infl uencia llega hasta nuestros días, pudiendo ver sus
efectos en muchas de las propuestas que actualmente se realizan para ancianos
(Berriel, 2000; Pérez, 2004).
En forma casi simultánea a esta teoría –muchas veces como reacción– varios
autores comienzan a desarrollar la llamada “teoría de la actividad”, de la cual
Maddox (citado por Lehr, 1988) es uno de los principales representantes. Este
autor trabajó entre 1962 y 1965 en el estudio longitudinal de la Universidad de
Duke, y sostiene que las personas deben mantenerse siempre con actividades.
La jubilación implica una pérdida de roles y actividades que repercuten en su
entorno familiar y comunitario, por lo cual se debe encontrar otras sustitutas
para no caer en un estado de alienación e inadaptación. De esta teoría también
se han derivado varias consecuencias que se expresan actualmente en algunas
propuestas técnicas, en las cuales los viejos deben estar siempre en una especie
de “activismo”. La fi nalidad de estas actividades es el “hacer algo” en sí mismo,
25
estar en movimiento, independientemente del sentido que el sujeto y el entorno
le otorgue a la actividad en cuestión.
Ambas teorías, aunque parecen contrapuestas, representan dos aspectos distintos
de una misma concepción prejuiciosa de vejez, pues en ambas el viejo es
despojado de su condición de sujeto deseante y de deseo, incapaz de devenir, al
decir de Castoriadis, un ser refl exivo. El anciano es pensado como una sucesión
de pérdidas y duelos, y el temor subyacente (¿de los técnicos?) es que si se detiene
a refl exionar, a pensarse, se angustia. En ambas, los procesos subjetivos del viejo
son un “impensado”, pues se basan en una epistemología positivista y causal.
Ambas propuestas le escamotean al viejo la posibilidad de generar sus propios
proyectos vitales autónomos, a partir de una concepción de vejez pasiva (aun
en el activismo), reproduciendo y reafi rmando una conducta social prejuiciosa.
Puestas las cosas de esta manera, se lo obliga al anciano a quedar anclado en el
pasado, con un presente efímero y sin sentido (en la primera teoría, por medio
del repliegue sobre sí mismo; en la otra, por medio de realizar actividades por
el sólo hecho de estar en movimiento), y sin posibilidad de futuro (en ambas
se parte de la base de que el único futuro es la muerte y antes de eso sólo existe
una especie de “sobrevida pasiva”). Ambas parten del mismo modelo involutivo
en el ciclo vital, donde el envejecer conlleva en sí mismo la noción de declive
en todas las áreas del ser.
Sin embargo, cuando analizamos los resultados de los estudios longitudinales
y secuenciales de cohorte, vemos cómo ambas teorías demuestran su inconsistencia,
pues el envejecimiento se presenta como un proceso complejo, donde
intervienen diversos factores, no existiendo un modo único de envejecer, sino
que “se envejece como se ha vivido”. Paulatinamente se ha ido conociendo que,
dentro de la condición de ser “bio-psico-social” del ser humano, los procesos
psicológicos y sociales no tienen por qué seguir los mismos patrones de desarrollo
que los procesos biológicos. En efecto, mientras que en estos últimos el modelo
es de desarrollo seguido de paulatino e irreversible declive hasta la muerte, en
los procesos sociales y psicológicos existe un desarrollo en los primeros años,
que puede ser seguido de una estabilidad o incluso de un crecimiento a lo largo
de todo el ciclo vital, de acuerdo a diversos factores que hacen a la variabilidad
individual (culturales, sociales, económicos, etcétera).
Estos conceptos han llevado a que últimamente se acepten los resultados de
los estudios de la Psicología del Envejecimiento como un aporte al campo de
la Gerontología. Estas investigaciones concluyen que el desarrollo humano no
es secuencial, sino alternado. No existe un crecimiento lineal, seguido de un
declive, sino que cada etapa contempla aspectos de ganancias y pérdidas, en un
interjuego entre crecimiento y declive (Fernández-Ballesteros, 1996).

Por lo tanto, los fenómenos propios del proceso de envejecimiento y la vejez,
por su complejidad, exceden los sucesos de orden estrictamente evolutivo, o
biológicos, o psicológicos, o sociales en sí mismos. Los contienen, pero son más
que la suma de ellos. Son procesos caracterizados por su irreversibilidad, por
ser impredecibles, aunque no inmodifi cables (Berriel, Leopold, Lladó y Pérez,
1994). De esta forma, en la realidad humana concreta intervienen diferentes
procesos, de modo que los aspectos sociales y psicológicos son parte inherente
de su cuerpo, tanto como los biológicos lo son de su “mente”.
Las investigaciones longitudinales sobre el envejecimiento (por ejemplo las
citadas por Lehr, 1988; Belsky, 1996; Fernández-Ballesteros, 1996) ponen de
manifi esto que el paso del tiempo, por sí mismo, no conlleva una disminución de
la mayoría de los aspectos psicológicos (cognitivos, afectivos, vinculares, etcétera).
Si bien aparece una disminución en algunas funciones cognitivas específi cas,
tales como la memoria de trabajo, esta disminución puede ser ampliamente
compensada por el incremento de la memoria semántica o la biográfi ca (Belsky,
1996). Las investigaciones indican que esto sucede en personas que no tienen
una patología que las inhabilite y que están insertas en su comunidad. Este grupo
constituye la enorme mayoría de los viejos. Por lo tanto, el paso del tiempo en sí
mismo, no tiene signifi cado ni sentido. Este sentido es el que le puede adjudicar
la propia persona, en función de su cultura, su historia, su deseo, etcétera.
Ciclo vital
Capacidades
Procesos biológicos
Procesos psicológicos
y sociales
100 %
FIGURA 1. LOS DIFERENTES PROCESOS EN EL CICLO VITAL
27
Como vemos, estudiar el proceso de envejecimiento implica no desconocer la
dimensión humana de los sujetos. Implica la inclusión de los procesos subjetivos,
así como el análisis de la dimensión deseante del sujeto. Construir lo real desde
aquí, desde los múltiples sentidos que las personas adjudican a su envejecimiento,
sin duda nos ubica en una epistemología muy diferente de la que sostiene a
la teoría del desapego o la de la actividad. Nos ubica en la dimensión social de
construcción de sentido, de deseo, de subjetividad.
GÉNERO, GENERACIONES Y DESIGUALDADES SOCIALES
En el marco del proyecto “Estudio sobre la reproducción biológica y social de
la población uruguaya: una aproximación desde la perspectiva de género y generaciones”,
tres perspectivas se han tomado como ejes de interpretación de la
reproducción biológica y social de la población uruguaya: género, generaciones y
desigualdades sociales. Cualquiera de los tres ejes requiere de un esfuerzo analítico
distinto y que se conjuga a la vez de manera recíproca con los otros.
La perspectiva de género marca de manera diferencial la vejez, desde el momento
en que las mujeres viven y seguirán viviendo más que los hombres, hasta
cómo han construido de manera distinta hombres y mujeres su vida y que los
lleva a otorgar un signifi cado vivencial específi co a su propia vejez. El signifi -
cado de la familia, del trabajo, de la maternidad, la paternidad, la abuelidad, la
jubilación, de las relaciones vinculares que al fi n los individuos mantienen con
su entorno se establece de maneras que guardan una compleja relación con la
construcción de las identidades de género.
La perspectiva de generaciones se mantiene como eje central de este análisis
desde el momento en que la gente envejece de manera diferencial, entre otros
factores, de acuerdo al tiempo histórico que le haya tocado vivir. Esto se vincula
con fenómenos macrosociales ligados a tiempos de bonanza y crisis económica
y social por los que el país ha atravesado como a fenómenos microsociales ligados
a los cambios ocurridos a nivel de las dinámicas familiares y de los grupos
sociales. Entre uno y otro eje se ubican los fenómenos que conciernen sentidos
distintos a las utopías colectivas y a las biografías individuales que más de una
vez se mantienen en estrecha conexión. Este mismo tiempo histórico puede
determinar la construcción diferencial de una vida así como la situación social
de un grupo humano en particular marcado por la época de su nacimiento.
Las inequidades generacionales en el acceso a recursos han sido tema de
agenda social desde el momento en que los hoy viejos mantienen a nivel global
una situación de menor pobreza que la de la infancia y adolescencia en Uruguay.
Probablemente esta situación se vaya revirtiendo con el tiempo y probablemente
28
estemos asistiendo a las últimas generaciones de adultos mayores que se mantienen
en esta situación relativamente mejor que sus generaciones precedentes. Las
transferencias intergeneracionales tanto materiales como simbólicas adquieren
en este contexto un papel clave, no solamente en la evaluación de lo que tanto
en servicios como en recursos puede estar transfi riéndose de una generación a
otra sino también en el conocimiento, la sensibilidad y los estilos de vida que
se transmiten.
Las desigualdades sociales constituyen también un eje clave de análisis en
la medida en que la concepción de una vejez digna no puede ser la misma en
relación con las condiciones materiales que permitan que esta etapa de la vida
se desarrolle en forma plena. Incluso llegar a la vejez no tiene el mismo sentido
de acuerdo a las condiciones sociales en que esto se implementa.
Desarrollaremos a continuación algunos elementos conceptuales en relación
con las perspectivas de género y generaciones adoptadas en este proyecto.
Género*
El término género proviene del latín genus, que signifi ca nacimiento y origen. En
idioma español se ha empleado ante todo como un término de la gramática que
califi ca y clasifi ca a ciertas palabras como masculinas, femeninas o neutras. Es
sin embargo recién en 1963, en el XXIII Congreso Psicoanalítico Internacional
cuando Robert Stoller (Katchadourian, 1993: 29) introduce la expresión en el
campo de las ciencias sociales al hablar de identidad de género. Fundamenta esta
expresión anteponiéndola a la de identidad sexual porque:
“La palabra sexual ha sido cargada de connotaciones de anatomía y fi siología...
esto deja sin cubrir enormes áreas del comportamiento, sentimientos,
pensamientos y fantasías que están en relación con los sexos y que sin embargo
no tienen, primariamente, connotaciones biológicas. Es para algunos
de estos fenómenos que debe emplearse la palabra género” (Katchadourian,
1993: 30).
Desde ese momento, la noción de género ha resultado muy útil tanto para
hacer hincapié en los componentes psicosociales de la sexualidad como para
permitir a las ciencias sociales producir nuevos abordajes y campos nocionales
que integren los singulares derroteros de hombres y mujeres en los procesos
histórico-sociales.
* En este apartado se utilizan párrafos que han sido extraidos textualmente de Paredes
(1999) y Berriel (2004) y revisados por los autores a los efectos de esta investigación.
29
Luria (1993: 194) defi ne a la identidad de género incluyendo tres componentes:
• Identidad del núcleo genérico. El sentido privado del género.
• Rol genérico. Su expresión en los comportamientos públicos.
• La orientación sexual. La expresión del género en el objeto de la excitación
sexual.
Este desglose de la constitución de la identidad genérica muestra por sí sola
la imposibilidad de soslayar el problema del género al momento de considerar el
proceso de constitución de la identidad del sujeto y su tránsito por las diferentes
etapas vitales. Vinculando esto con lo que desarrollaremos más adelante respecto
a los modelos identifi catorios, también resulta inevitable considerar el peso de
estos últimos en la constitución de la identidad de género.
El género constituye una perspectiva que ha sido adoptada por los movimientos
feministas para consolidar el concepto de la construcción social del sexo,
esto es, aquello que sobre el dato biológico divide a los seres humanos en dos y
que posteriormente la sociedad y la cultura intenta seguir perpetuando con el
mantenimiento de esta estricta división.
Las teorías feministas en todas sus vertientes coinciden en un mismo tema:
la constitución de la diferencia entre hombres y mujeres se construye socialmente.
Sobre el dato biológico existe un complejo entramado que adquiere una
signifi cación específi ca en cada cultura, en cada lugar, en cada espacio y tiempo
determinado. Y también en cada persona.
El ser hombre o el ser mujer es pues un componente fundamental de nuestra
identidad como seres humanos. Pero las identidades son múltiples y no se
constituyen sobre la base de un solo eje. Y tampoco son fi jas e incambiables.
Vivimos actualmente en un mundo extremadamente dinámico en el cual las
identidades personales y sociales son continuamente construidas y reconstruidas.
Este dinamismo no es fácil de sobrellevar. Las identidades, tanto personales como
sociales, son precarias, históricamente confi guradas y personalmente escogidas,
afi rmaciones del yo y confi rmaciones de nuestro ser social.
La perspectiva constructivista ha sido incorporada por el feminismo en la
elaboración del concepto de género. La incorporación de esta perspectiva en el
pensamiento feminista ha tenido una infl uencia importante en la adopción de este
concepto. Es desde esta perspectiva que surge el concepto de sistema de género
propuesto por la antropóloga Gayle Rubin a comienzos de los años setenta. Esta
autora cuestiona los límites de la noción teórica de patriarcado, predominante
hasta ese momento en la corriente feminista, señalando las limitaciones de esta
noción desde el punto de vista analítico. Los estudios orientados desde la visión
teórica del patriarcado señalaron características de la sexualidad masculina que
30
manifestaban elementos de esta dominación, tales como el carácter agresivo
del comportamiento sexual varonil, su carácter opresivo de las mujeres y la reducción
de las mismas al carácter de objetos de la sexualidad masculina. Como
alternativa a esta noción, Rubin propone la utilización del concepto de sistema
de género señalando el sistema patriarcal como una forma específi ca de dominación
masculina, que existe junto con otras formas empíricamente observables de
relaciones sociales entre los sexos. Esta autora adopta la defi nición de un sistema
sexo/género como un conjunto de disposiciones por el cual la materia prima
biológica del sexo y la procreación humanas es conformada por la intervención
humana y social y satisfecha en una forma convencional, por extrañas que sean
algunas de las convenciones. Esta visión recoge la herencia cultural de formas
de masculinidad y feminidad dentro de un elemento histórico y moral que subsume
todo el campo del sexo, la sexualidad y la opresión sexual (Rubin, 1986).
La categoría de género refi ere a la organización social de la reproducción de las
convenciones sobre lo masculino y lo femenino.
En el origen de esta evolución conceptual en el marco de la construcción de
conocimiento científi co, las propuestas feministas se dirigieron en un principio
a la “visibilidad de las mujeres”, esto es, a todo lo que no se sabía de ellas, lo que
nunca se había sabido y lo que estaba por saberse. Revelando las características
en cierto modo “patriarcales” que estaban presentes en el quehacer científi co, se
plantea que el centro del objeto de estudio debe desplazarse hacia las mujeres
dada su ausencia en la investigación. Desde esta perspectiva surgen en las ciencias
sociales las diversas ramas sobre “la ciencia de las mujeres”: antropología
de las mujeres, historia de las mujeres, geografía de las mujeres, sociología de
las mujeres, etcétera. En esta etapa lo que se pretende es revertir este proceso de
invisibilidad, desde un estado prefeminista en que las mujeres son olvidadas o
subrepresentadas hacia la producción de conocimiento basado en las mujeres,
en el cual se develan los sesgos androcéntricos y se retoman las experiencias de
las mujeres en los análisis científi cos. Este enfoque predominó en las ciencias
sociales en el presente siglo durante la década de los setenta.
Posteriormente los aportes feministas han trasladado el enfoque de la investigación
en las mujeres hacia los conceptos de rol y estatus, de los cuales
se evolucionará más tarde hacia la incorporación de la noción de género dado
que el concepto de estatus de la mujer es tributario de la tradición teórica que
ve a la sociedad como una totalidad funcional en la cual el cambio se procesa,
se absorbe y se adapta sin afectar las grandes estructuras sociales. El concepto
de género como hemos visto surge de un itinerario teórico muy diferente en el
que las nociones de dinamismo social, de construcción y deconstrucción de la
realidad es fundamental y asume estructuras cambiantes.
31
La noción de género además conlleva la comparación implícita entre hombres
y mujeres y las implicancias de las relaciones de poder entre ellos. Las nociones de
rol y estatus muchas veces conducen a una confusión analítica en la que la diferencia
social entre los sexos no queda explícita y muchas veces genera confusiones
en relación con otras diferencias sociales como la del estatus socioeconómico. La
noción de género tuvo una creciente repercusión en las ciencias sociales durante
las dos últimas décadas involucrando un examen crítico de los supuestos fundamentales,
los conceptos y las teorías que rigen la construcción de conocimiento
así como una reformulación de las mismas.
Autores como Ana María Fernández, han afi rmado que lo que se “sabe”
respecto a lo que hombre y mujer son, se ha organizado, en nuestra cultura, a
partir de una lógica binaria: “... activo-pasiva, fuerte-débil, racional-emocional,
etcétera, donde la diferencia pierde su especifi cidad para ser inscrita en una
jerarquización... A partir de allí, el principio de ordenamiento desde donde se
organizará ese saber implicará no poder ‘ver’, o ver de una manera jerárquica
lo otro...” (Fernández, 1994: 37-38). Si lo diferente, lo otro, sólo puede ser
concebido en un sentido jerárquico, entonces el pensamiento en torno a las
nociones de hombre y mujer se organizaría de manera tal que haría inasequible
la positividad de la diferencia.
Sin embargo, también han sido señalados algunos de los problemas que esta
especie de nueva dicotomía, sexo-género, plantea. Judith Butler (2001a, b), ha
emprendido un acercamiento genealógico y deconstruccionista a las categorías de
sexo y género. La genealogía le ha permitido investigar “los intereses políticos que
hay en designar como origen y causa las categorías de identidad que, de hecho,
son los efectos de instituciones, prácticas y discursos como puntos de origen múltiples
y difusos”, en especial el “falogocentrismo y la heterosexualidad obligatoria”
(2001a: 29). Para esta autora “es el otro el que participa en la construcción del
sexo como algo natural y dado de antemano; sin el otro, esta categoría ‘natural’ no
sería posible” (Gil Rodríguez, 2002: 6). Entonces se planteará Butler: “...quizá esta
construcción llamada “sexo” esté tan culturalmente construida como el género;
de hecho, tal vez siempre fue género, con la consecuencia de que la distinción
entre sexo y género no existe como tal.” (2001a: 40)
Esta, en principio no tan fácil de aceptar, idea de que el sexo sería algo socialmente
construido se explicaría, para Butler, a partir del principio de que la
anticipación conjura su objeto, según el cual anticipamos a la naturaleza como ley
que da lugar a las categorías hombre-mujer, las que aparecerán como preexistentes,
como dadas, como naturales. De este modo, como lo formula Eva Gil (2002),
“la naturaleza como ley de lo sexuado se revela en uno de los más potentes mecanismos
de poder y de subjetivación, puesto que basta con anticiparla para que
32
su efecto se produzca” (p. 7). A partir de esta puesta en cuestión y crítica de la
dicotomía sexo-género, Butler formulará una nueva y diferente concepción de
género, alejada de esta especie de versión cultural del sexo, a saber:
Como resultado, el género no es a la cultura lo que el sexo es a la naturaleza;
el género también es el medio discursivo/natural mediante el cual la “naturaleza
sexuada” o “un sexo natural” se produce y establece como “prediscursivo”, previo
a la cultura, una superfi cie políticamente neutral sobre la cual actúa la cultura
(2001a: 40).
En el campo de la gerontología la consideración de la cuestión del género
parecería estar aun al menos dos pasos atrás de estos planteos. A pesar de que
innumerables estudios (por ejemplo, Tous y Navarro, 1997) arrojan datos
diferenciales respecto a hombres y mujeres, el objeto (la vejez y el proceso de
envejecimiento) sigue siendo abordado con una llamativa prescindencia de la
problemática del género en su consideración.
Varios autores (véase por ejemplo, Dressel, 1991; Freixas, 1997) coinciden
en afi rmar que los abordajes de la gerontología pueden agruparse en dos tipos
de planteamientos, a saber: Desde la consideración de que hombres y mujeres
envejecen de forma similar, por lo que no se presta demasiada atención a las
diferencias que pueda presentar el envejecimiento considerando el género. O
abordando algunas diferencias específi cas que serían “propias” de cada sexo,
como la menopausia y el “nido vacío” para la mujer, la jubilación y el tiempo
libre para el hombre.
En este último caso, sin embargo, llama la atención la naturalidad con la que
se acepta lo que sería “propio” para hombres y mujeres respectivamente. Para
Freixas (1997), en el caso de la mujer se reducen los procesos vinculados al envejecimiento
a un tema de reproducción, sexo y maternidad (menopausia y “nido
vacío”) limitando el ser mujer a los roles de un modelo patriarcal “naturalista”;
en el caso del hombre, al hacer hincapié en la jubilación y el tiempo libre, se
presupone una asignación al ámbito de lo público que también reproduce los
estereotipos tradicionales.
Vale la pena volver a Judith Butler (2001a), para introducir la noción que
ella emplea para confrontar a este esencialismo, la performatividad. Para ella,
la naturaleza mantendrá el estatus de ley logrado a partir de la anticipación
a través de arduos procesos de repetición y reproducción del manejo de los
deseos y de los cuerpos, procesos a los que denomina actos performativos. Así,
“la performatividad no es un acto único, sino una repetición y un ritual que
logra su efecto mediante su naturalización en el contexto del cuerpo” (p. 15).
Según Gil Rodríguez (2002) “el acto performativo debe ser ejecutado como una
obra de teatro” (p. 7), representado ante un público de acuerdo a unas normas
33
preestablecidas, dando lugar, por lo tanto, a efectos sobre la realidad o, más precisamente,
construyendo realidad como consecuencia del acto que es ejecutado.
Nada habría por fuera de las categorías que nos conforman, condenándonos a la
repetición de los mismos actos pero dando concomitantemente las condiciones
para el desplazamiento de lo preestablecido y por lo tanto, simultáneamente,
para subvertirlo y transformarlo.
La noción de performatividad presupone que el sujeto construye la realidad
y su propia identidad mediante los actos que representa, que ejecuta. Por otra
parte este sujeto no sería nunca previo a los actos que lo constituyen. Nótese a
partir de estas breves consideraciones sobre la condición performativa del género
que gran parte de ellas podrían ser aplicables a la cuestión del envejecimiento y, en
especial, a la categoría “viejo”, “anciano”, “adulto mayor”, etcétera.
Ya aludimos a la sistematización que propone Ana María Fernández (1994)
de lo que podríamos denominar la producción imaginaria de las identidades de
género. Describe la manera en que esas construcciones se asientan en un conjunto
de escisiones y pares dicotómicos constitutivos del pensamiento hegemónico de
nuestra cultura. Así, los pares fuerte/débil, espiritual/carnal, celestial/terrenal,
racional/afectivo, activo/pasivo, público/privado, entre otros, organizan los
sentidos a partir de los cuales se prescriben las prácticas que producirán un determinado
contenido para las identidades de género instituidas. Los últimos dos
pares mencionados, activo/pasivo y público/privado, se hallan muy presentes en
los elementos recogidos en el presente estudio y de alguna manera están en la
base de algunos de los avatares del envejecimiento en nuestras sociedades, tales
como el entrecruzamiento de roles que, según algunos autores (Helterline y
Nouri, 1994; Freixas, 1997), tendría lugar en el envejecimiento e impactaría de
manera relevante en la forma en que se organizan el envejecimiento masculino
y femenino. Este proceso de entrecruzamiento de roles consistiría en la asunción
por parte de las mujeres de las edades que nos ocupan de un mayor despliegue
de acciones que desde el modelo patriarcal y falogocéntrico estarían adjudicadas
a lo masculino (participación social, educación, incremento del capital cultural),
en tanto que los varones adultos mayores, al no encontrar capacidad de investir
actividades y tránsitos que sustituyan sus anteriores posicionamientos en el ámbito
de lo público, se vuelcan a un tránsito cada vez más pasivo y circunscrito
a lo privado.
34
Generaciones
El término generación involucra en su seno varios sentidos distintos. Inmediatamente
se lo suele asociar a la edad, dado que según la edad que tenga una
persona podemos deducir la generación a la que pertenece. Sin embargo esta
deducción no es tan sencilla ni lineal. El concepto de edad se inscribe básicamente
en una lógica transversal, una persona tiene determinada edad en un momento
dado. El concepto generación adscribe otra lógica que implica por defi nición
una visión longitudinal.
Si bien la edad es un dato biológico adscribe también a un sentido cultural
vinculado a lo que signifi ca tener cierta edad en una sociedad determinada. Al
igual que sucede con el concepto de género en función del sexo de las personas,
con las etapas de la vida sucede algo similar en función de la edad. La edad es un
factor que condiciona socialmente la forma en que la gente crece y envejece en
una sociedad, en un tiempo y espacio determinado. Aunque la forma de crecer
y de envejecer tiene aspectos fi siológicos más o menos universales, la forma en
que este proceso es entendido varía en el tiempo y en el espacio. El signifi cado
de la edad es socialmente construido (Pilcher, 1995).
La edad debe ser entendida como una combinación simultánea de procesos
interrelacionados: envejecimiento biológico o fi siológico, envejecimiento social
o cultural, ambos se producen en un contexto histórico particular. La edad es
un fenómeno complejo y como categoría social es incluso más dinámico que
los conceptos de raza, género e incluso clase social, dado que éstos permanecen
mucho más constantes a lo largo de la vida de los individuos. Hay un solo
sentido en que la edad como categoría social permanece constante y es el de la
cohorte en el sentido en que los miembros de una misma cohorte “se mueven
juntos” de una edad a la otra, los miembros de una cohorte crecen y envejecen
juntos (Pilcher, 1995).
Los términos de cohorte y de generación tienen tradiciones distintas de utilización
según las disciplinas. El primero es un término originalmente demográfi co
y se usa para referirse a una población determinada que experimenta el mismo
evento signifi cativo entre un mismo período de tiempo calendario. El concepto
de generación ha tenido más acepciones y ha sido utilizado por antropólogos, sociólogos
e historiadores de forma diversa. En algunos casos refi ere explícitamente
al concepto de cohorte y se entrelaza con eventos culturales o sociales vividos por
las personas en un momento determinado (“sixties generation”). En otros casos
el concepto de generación refi ere explícitamente a las relaciones de parentesco
entre las familias y por tanto el concepto de relaciones intergeneracionales se
aplica a las relaciones entre padres, hijos y abuelos (Pilcher, 1995).
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Siguiendo a Attias-Donfut (1988) podemos resumir los distintos usos de
la noción de generación en ciencias sociales y reagruparlos según tres grandes
perspectivas:
Demográfi ca: indicadores precisos y medibles, utilizan el término cohorte para
referirse a generación. La generación o cohorte abarca al conjunto de los
individuos nacidos en la misma fecha o en un mismo intervalo de tiempo
en una sociedad.
Etnológica o genealógica: la generación está limitada al sentido de fi liación y
a una función clasifi catoria. Este punto de vista privilegia el análisis de la
organización social.
Sociológico: es a la vez más común y más impreciso. La noción de generación no
es cuantifi cable ni codifi cable, expresa en los usos dominantes una comunidad
que se podría califi car de “espiritual”: la puesta en común de experiencias,
ideas, mentalidades, ciertas visiones del mundo y de la sociedad. Se refi ere a
la vez a una mezcla de historia social y de modos de pensar: se disocia de la
noción de edad cuya aproximación está infl uenciada por la etnología.
Para esta autora el proceso de envejecimiento social que ordena la sucesión de
las etapas de la vida se inscribe en el contexto de las generaciones que se suceden,
entran en interacción –confl icto o cooperación– y se conectan progresivamente
en los diferentes espacios de la vida social: las transiciones que caracterizan el
pasaje de una etapa de vida a la otra se producen sobre las transformaciones en la
relación entre las generaciones. Así pueden ser reintegrados datos de edad y datos
de generaciones que, si se adopta una perspectiva histórica, son indisociables.
El efecto de la edad sobre las conductas sociales no puede ser independiente de
la inscripción social de la edad.
El contexto histórico ejerce una infl uencia sobre las diferentes generaciones
presentes en tanto que el estadio histórico, social y económico es compuesto de
temporalidades a escalas variadas: transformaciones demográfi cas lentas, cambios
de modos de consumo rápidos, mentalidades colectivas que atraviesan los
siglos, otras que aparecen y desaparecen. El envejecimiento se desarrolla en la
coherencia de las edades de la vida, tal como ellas se entrelazan concretamente
en la historia social, esto es en el tiempo, por tanto tener una edad es también
tener una temporalidad y darle contenido a la misma en el pasado y el futuro
que le pertenecen y le son implícitos.
La relación entre generaciones está directamente vinculada a estos conceptos y
puede cambiar radicalmente en función del imaginario colectivo y de la construcción
social de la vejez. También se relaciona esto con la valoración que hacemos
de la vejez en una sociedad en que los viejos están generalmente desligados de
las funciones productivas (en relación con la esfera laboral) y reproductivas (en
relación con la esfera familiar). En este contexto cabe preguntarse qué papel tienen
las relaciones intergeneracionales a la llegada a la vejez (Paredes, 2004b).
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La relación entre las distintas generaciones se puede analizar a varios niveles.
En términos ideales, el nivel más macro correspondería a la sociedad toda:
económicamente, analizando los ingresos y egresos que por concepto de los distintos
grupos etáreos se producen a nivel de la economía nacional; socialmente,
en relación con la inversión en capital humano y social que se produce a nivel
de los diferentes grupos etáreos y que se deriva en la elaboración de distintas
políticas sociales. Esto podría tener además un enfoque histórico analizando a
nivel global cómo han evolucionado estas variables en los distintos períodos
históricos del país.
A nivel meso, en términos de comunidad o sociedad, podríamos analizar los
diferentes movimientos sociales que se manifi estan de diversas formas reclamando
derechos ciudadanos para los distintos sectores de la sociedad; son varios los
cortes que se podrían realizar aquí, pero para nuestro interés podríamos defi nir
a los jóvenes, a los niños y a los adultos mayores y analizar en qué medida las
distintas demandas son compatibles o generan confl ictos.
A nivel microsocial, el escenario de la familia ha sido relevante en los diversos
análisis, y ha sido considerado por varias razones como el ámbito privilegiado
para analizar la relación entre generaciones. En primer lugar, es el ámbito socialmente
defi nido para la reproducción de la especie. En segundo lugar, es a partir
de las relaciones que se establecen entre los miembros de distintas generaciones
de una familia donde más claramente se puede vislumbrar el nivel de confl icto
o consenso generacional. En tercer lugar, en un espacio en que las relaciones
que se entablan están basadas supuestamente en la confi anza y el afecto, la posibilidad
de transferencias intergeneracionales deberían ser mucho más fl uidas
que en otros espacios. No nos referimos aquí únicamente a las transferencias
monetarias, sino también a las transferencias en cuidados y servicios que prestan
y son prestadas por y para las personas mayores. Es aquí donde nos encontramos
con una difi cultad metodológica clásica en los análisis de familia que es reducir
este concepto al de “hogar” como unidad doméstica. Si bien el análisis se realiza
en general en base a esta defi nición está claro que el concepto de familia puede
trascender al hogar y que las redes que entre los hogares se generen, y que escapan
a su caracterización, pueden llegar a resultar claves en un estudio de transferencias
intergeneracionales (Paredes, 2004a).
Para este análisis no sólo es clave la confi guración de la estructura de edades
actual de la población sino también el efecto de cohorte o generación marcada
por determinado contexto histórico, económico y social de las distintas generaciones
y en qué medida éstas han sido favorecidas o afectadas por los distintos
estadios de desarrollo económico, social y político de un país. El papel de las
transferencias intergeneracionales constituye un eje central dado que podría
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tender a equilibrar las inequidades entre generaciones en relación con la distribución
de recursos.
Este tema ha sido analizado en términos de solidaridad intergeneracional
utilizado en su origen por gerontólogos y especialistas en políticas de la vejez en
relación con las transferencias públicas y los canales de protección social (Attias-
Donfut, 1995). En tanto que a nivel estatal la solidaridad entre generaciones
tiene efectos sobre la sociedad global a través de la regulación social y económica
en los sistemas de redistribución pública, a nivel de la familia esta solidaridad
se refl eja en la vida cotidiana a través de los lazos de fi liación. Entre uno y otro
ángulo de análisis hay discontinuidad de sentido en la solidaridad intergeneracional:
en un caso emerge de las relaciones interpersonales en tanto que en el
otro deviene de un complejo entramado social y político.
En una sociedad en que la vejez se alarga cada vez más, llegando a constituir
dos etapas diferenciales del curso de vida, la coexistencia de varias generaciones
al interior de una familia surge con una signifi cación relevante no sólo a nivel de
distribución de recursos económicos sino también de recursos y compensaciones
simbólicas, afectivas y psicológicas.
Es en este sentido que la relación entre generaciones vuelve a adquirir un papel
fundamental a nivel microsocial respecto a la forma en que se han generado y
construido los vínculos familiares a lo largo de la vida. Una vez que se ha salido
del mercado laboral sólo se puede volver a la familia si la estructuración identitaria
ha variado entre estos dos ámbitos. La comunidad, los grupos de pares,
los ámbitos de socialización suelen tener en general un papel menos relevante
en las relaciones que se desarrollan en la vejez que los vínculos provenientes de
la maternidad y la paternidad que eventualmente se extienden a las formas de
ejercer la abuelidad. De hecho, varios estudios han demostrado que el tipo de
apoyo que dan y reciben las personas mayores es básicamente de la familia en
la cual se producen redes de alta densidad (Guzmán, Huenchuan y Montes de
Oca, 2003).
En este aspecto el intercambio generacional asoma como clave pero no únicamente
referido a los recursos monetarios o económicos que eventualmente se
puedan transferir sino también en relación con los recursos afectivos y de servicios
que también se transfi eren. Es en este sentido que las mujeres tienen un desarrollo
diferencial de sus relaciones en la vejez respecto a los hombres. Es pertinente, en
este caso, tener en cuenta la perspectiva de género específi camente con relación
al análisis del trabajo de cuidado y trabajo familiar y relación con el mercado
laboral y cuánto aporta esto a la situación de la vejez en términos de realización
identitaria diferenciada entre hombres y mujeres en esta etapa de la vida.
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Tomaremos para fi nalizar una tipología de transferencias o apoyos desarrollada
por Guzmán, Huenchuan y Montes de Oca (2003) en base a Khan y
Antonucci (1980). Estos autores desarrollan el concepto de apoyo social como
las transacciones interpersonales que implican ayuda, afecto y afi rmación. Este
conjunto de transacciones interpersonales que opera en las redes, al que también
se denominará con el término genérico de “transferencias”, se presenta como
un fl ujo de intercambio y circulación de recursos, acciones e información. Los
tipos de apoyos o transferencias pueden ser reagrupados en:
Cognitivos: intercambio de experiencias, transmisión de información (signifi -
cado), consejos que permiten entender una situación, etcétera. Ejemplo:
intercambio de experiencias, información, consejos.
Materiales: implican un fl ujo de recursos monetarios (dinero en efectivo, sea
como aporte regular o no, remesas, regalos y otros) y no monetarios bajo
diversas formas de apoyo material (comidas, ropa, pago de servicios, otros).
Ejemplo: dinero, alojamiento, comida, ropa.
Instrumentales: transporte, ayuda en labores del hogar, cuidado y acompañamiento.
Emocionales: se expresan por la vía del cariño, confi anza, empatía, sentimientos
asociados a la familia y la preocupación por el otro. Pueden asumir distintas
formas como visitas periódicas, transmisión física de afecto, otras.
Para el análisis de la relación entre generaciones tomaremos estos elementos
conceptuales a fi n de profundizar en la transmisión simbólica y las transferencias
materiales entre generaciones menores y mayores a la de nuestros entrevistados.
Para fi nalizar cabe mencionar que la generación entrevistada es nacida aproximadamente
entre 1930 y 1940 y por tanto tienen entre 65 y 75 años al momento de
la entrevista. En términos demográfi cos esta generación nace cuando la transición
demográfi ca en Uruguay está fi nalizando. En términos económicos y sociales,
esta generación asiste en su juventud al fi n de la “época de oro” que marcó la
prosperidad económica del país y se asoma a la convulsión de los años sesenta en
el mundo y en Uruguay. Muchos de ellos se convierten en fervientes militantes
de izquierda, protagonizan movimientos obreros y estudiantiles en pro de un
país mejor. Algunos morirán en el intento, otros emigran. Los que se quedan
–o permanecen al margen de la militancia– viven su adultez en dictadura. Esta
generación se verá perjudicada por el deterioro de la situación económica, la
mujer entra masivamente al mercado de trabajo, muchas veces en situación de
informalidad y se produce la emigración internacional masiva que llega a alcanzar
a un 12% de la población en el período dictatorial. Más allá de la globalidad y
generalidad de estas apreciaciones, muchas de ellas se verán volcadas en el discurso
de nuestros entrevistados en la medida en que ha permeado sus biografías.
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ENVEJECIMIENTO Y FAMILIA
El envejecimiento demográfi co trae aparejado por sí mismo cambios importantes
en la familia. Como vimos en apartados anteriores, el aumento de la esperanza
de vida produce por sí solo un hecho inédito: la convivencia de varias generaciones
en distintas etapas de su período vital. Este fenómeno produce cambios
desde varios puntos de vista y plantea nuevos desafíos con relación al debate
intergeneracional.
Nuestros entrevistados nacieron en la primera mitad del siglo pasado, específi
camente entre 1930 y 1940. Era en este momento todavía en que la familia
uruguaya también atravesaba una “edad de oro”. Las pautas de comportamiento
familiar empiezan a cambiar en Uruguay en las últimas décadas del siglo XX,
donde asistimos posiblemente a una “segunda transición demográfi ca” (Paredes,
2003b). Los indicadores de divorcio y los cambios en la conformación de los
hogares, el descenso continuo de la fecundidad y el incremento de la fecundidad
adolescente así lo refl ejan aun cuando estén todavía en discusión las manifestaciones
culturales y las motivaciones que están por detrás de estos cambios. La
primera generación que protagoniza estos cambios serán los hijos de nuestros
entrevistados, los nacidos a partir de la segunda mitad del siglo.
Por lo tanto, la generación entrevistada vive estos cambios desde otro lugar,
desde un imaginario familiar en el que todavía creen, aun cuando asistan a
radicales cambios vividos en la práctica por las generaciones que les suceden.
Imaginario que por cierto persiste en la sociedad uruguaya aun para los primeros
protagonistas de esta segunda transición. La “familia” sigue teniendo un valor
“ideal” más allá de lo que en la trayectoria biográfi ca suceda; el divorcio se sigue
viviendo no sin confl icto y el valor de “tener hijos” sigue presente en la vida
social (Paredes, 2003a).
En el ámbito de la Psicología del Envejecimiento, dos investigaciones en nuestro
medio (Berriel y Pérez, 2002, 2005a y b), han llamado la atención respecto
al importante lugar social que, no obstante estos cambios, mantiene la familia
en tanto institución productora y reproductora de sentido y de valores.
Uno de estos estudios (Berriel y Pérez, 2002) presentaba algunas características
de los mayores de 65 años de Montevideo: dependencia del medio familiar y
percepción de una alta exigencia social, que llevaba a la elaboración de estrategias
adaptativas elusivas del confl icto que el deseo trae aparejado; percepción negativa
de los cambios pasados; difi cultad de anticipar cambios futuros; disponibilidad
de mucho tiempo libre y escasa participación en actividades colectivas, entre
otras. Una de las conclusiones de ese estudio, es que los adultos mayores de
Montevideo se ubican en una zona de vulnerabilidad, defi nida ésta por con40
diciones de precariedad e inseguridad en varias áreas: económicas, afectivas,
laborales, etcétera.
La familia aparecía allí en una doble vertiente: por un lado protectora, como
lugar de refugio ante enfermedades. Por otro lado también aparecía en su dimensión
de censuradora, principalmente en todo lo que hace a la dimensión
del deseo y, dentro de éste, lo que hace a la sexualidad de los viejos. Esto último
era más fuerte en las mujeres.
Retomando estos aportes y analizando su desarrollo en una población que
incluyó adolescentes, jóvenes, adultos y viejos, en el otro estudio mencionado
(Berriel y Pérez, 2005 a y b), la familia aparece en su lugar de institución, como
matriz inicial y productora de sentidos. Los sujetos la perciben como un valor
superior, donde el modelo de familia nuclear mantiene intacto su valor de emblema
identifi catorio, a pesar de los cambios que se han dado en los últimos
años en el plano de las prácticas familiares (hogares monoparentales, cambios
en las prácticas sexuales, etcétera). De esta forma, la familia produce anhelos
identifi catorios que se inscriben directamente en la identidad de las personas,
produciendo diversos sentidos.
En la presente investigación, los sujetos pertenecen a una generación que ha
tenido muchos hermanos y pocos hijos. Han conocido los cambios más radicales
que ha tenido la humanidad en toda su historia en el plano de la tecnología,
incluso en las llamadas tecnologías de la inteligencia.* También han conocido
diversas realidades sociales de Uruguay, pasando del Uruguay del ahorro, al del
consumo y la pobreza. A su vez, la generación que les sigue, sus hijos, han sido
los protagonistas directos de los cambios que se han dado en los últimos tiempos
en cuanto a las prácticas en las familias.
Estos aspectos implican una determinada construcción de subjetividad, que
producida durante toda la vida, hace que se signifi que de cierta manera la actual
etapa vital. La familia continúa apareciendo como una matriz de sentido en estos
aspectos (Berriel y Pérez, 2005b).
* Concepto introducido por Pierre Levy, citado por Ibáñez en 1996. Como plantea Tomás
Ibáñez “se trata de tecnologías que se inscriben en el proceso mismo del pensamiento,
que tienen por función y como efectos el posibilitar ciertas operaciones de pensamiento
que no eran del todo posible antes de que esas tecnologías se construyeran”. (1996:
62)